Lexa Herman
Cierro el grifo y salgo de la ducha mientras me coloco la bata de baño y la amarro a mi cintura. Paso la palma de mi mano por el espejo que se encuentra empañado por el agua caliente de la ducha y sonrío. No pensé que estaría tan feliz.
Una vez leí que cuando te enamoras, todo es de color de rosa y todo es hermoso. Ahora comprendo mejor la frase; cada mínimo aspecto últimamente me hace sonreír, parezco drogada. Estar con Alexander me hace tan feliz. Si hubiera sabido que sería así, habría aceptado irme a vivir con él desde el principio.
Llevamos apenas tres días en el hotel y han sido de lujo. Él a veces va a reuniones, pero como es de esperarse, no me deja ir con él. Dice que no quiere hombre mirándome. Tóxico.
Vamos a restaurantes, y la noche siempre es la mejor, donde tenemos sexo sin control y sin tiempo, violento y placentero. Casi no he dormido. Es rudo, agresivo y lo hace sin ninguna decencia humana. No es como yo; a pesar de que hemos tenido sexo muchas veces, hay cosas que todavía me dan vergüenza, en cambio, a él no. Mientras más depravado sea lo que él puede hacerme, más le gusta. Y admito que a mí también me encanta.
Creo que desde que estoy en este hotel no duermo más de tres horas; sin embargo, vale la pena. Aunque también me levanté con un dolor de cuerpo que yo misma no aguanto. Pero no me quejo, estoy dispuesta a hacer el sacrificio varias veces más.
Salgo del baño hacia la habitación y encuentro a mi hombre perfectamente vestido, con su traje, acompañado de chaqueta y su cabello perfectamente peinado. ¡Ah, mierda, qué guapo se ve! Aunque eso explica la extraña razón de que no entre a la ducha conmigo; aparentemente, va a salir.
— ¿Adónde vas? — Me acerco a él, poniéndome de puntitas en los pies y enredando mis brazos en su cuello.
— Tengo una reunión — pone la mano en mi cintura, erizándome la piel.
— Pensé que te quedarías conmigo.
— Llevo tres días seguidos quedándome contigo — dice cerca de mis labios —. No debí traerte, me distraes demasiado.
— Pero a ti te encanta.
— Sí, lo hace — sonríe de lado — pero no quita que sea una distracción.
Pego mis labios a los suyos, derritiéndome, quiero vivir besándolo.
— No, esta vez no lo lograrás — me despega bruscamente y caigo en la cama — hoy sí tengo que irme.
— Me vas a dejar solita — hago puchero como una niña pequeña.
— Sí — dice — duerme, qué sé que no lo estás haciendo — se acerca a mí nuevamente — en la noche te lo puedo recompensar — me da otro beso en los labios, y antes de que pueda sostenerlo, se aleja — te pedí el desayuno — me avisa — y Harol estará en la puerta para cualquier cosa que necesites.
Antes de que pueda decir algo, sale por la puerta dando un portazo, me río. Lo hizo para que yo no pueda devolverlo, para que me quede. Por suerte, él es dueño de su organización; si no, ya lo habrían despedido. No estoy muy segura de si aquí despiden a las personas. Me he pasado estos tres días entreteniéndome con sexo; literalmente, no hemos salido de la habitación. Miro el reloj que está en la mesa de noche, y apenas son las siete de la mañana. Me levanto de la cama para ponerme algo de ropa.
Escucho algo en la puerta, sin embargo, no le presto mucha atención. Termino de ponerme cualquier vestido de playa; no me fijo mucho en lo lindo que está, solo aseguro que sea cómodo, ya que no saldré de aquí hoy. Salgo del baño para alcanzar mi estuche de maquillaje, pero me sorprendo al ver que la bandeja con mi desayuno está en la habitación. Frunzo el ceño, qué extraño que Harol lo haya dejado pasar sin avisarme.
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INDELEBLE #PGP2026
RomanceLexa Herman soñó toda su vida con llegar al FBI. Lo que nunca imaginó fue que su mayor desafío no serían las mafias ni los criminales más peligrosos del país. Sería él. Alexander Wemebeley, su nuevo jefe, es frío, arrogante y parece decidido a hacer...
