Capítulo 4: la sombra del pasillo

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Sarah se despertó a media noche. El frío nocturno recorría cada parte de su cuerpo. Cuando la vista de Sarah se despejó por completo, vio que se había quedado dormida en el sofá. Sarah se giró hacia un lado suavemente y se dio cuenta de donde estaba. Estaba en el sofá de la casa de Paul, pero había algo diferente. Una mano le sujetaba cintura abrazándola. Sarah abrió mucho los ojos, giró la cabeza muy lentamente y lo vio. Paul dormía plácidamente a su lado. Sarah se quedó observándolo. Sus labios estaban realmente cerca de los suyos. Su mirada se detuvo en estos durante un instante y sin pensar, acercó su rostro al de Paul, sintiendo su respiración relajada acariciándole con dulzura las mejillas. Sarah se acercó un poco más acercándose a sus labios, pero se detuvo bajando la mirada.

-Yo estoy saliendo con Billy. ¡¿Que demonios me pasa?!-pensó Sarah levantándose del sofá con sumo cuidado para no despertar a Paul. Las paredes estaban pintadas con colores suaves, pero estaban más oscuras que nunca. Tan solo había una pequeña lámpara encendida en el salón. Sarah caminó hacia la puerta que daba al acceso al pasillo. Allí vio a Helen dormida profundamente en el sillón. Sarah no pudo evitar esbozar una sonrisa. En ese momento, algo sonó. Era un ruido parecido al de un papel siendo arrugado. Este provenía del fondo del pasillo. Sarah se acercó lentamente adentrándose cada vez más en la oscuridad del pasillo. En ese momento vio la silueta de alguien sentado en el suelo con el rostro escondido entre las rodillas. Sarah se acercó a la silueta y le acarició el pelo suavemente.

-¿Estás bien?- preguntó Sarah inclinándose hacia él.

-¡Sarah! ¡No te imaginas como te he echado de menos!- exclamó la silueta poniéndose de pie de un salto.

-¿Cómo sabes mi nombre? ¿Y quién eres?- preguntó Sarah dando un paso hacia atrás. Se estaba comenzando a asustar de verdad. La silueta dio un paso a delante y Sarah vio el rostro de quien le estaba hablando. Era un joven de cabellos rubios y tez muy pálida. Sus ojos azules, la miraban con gran aprecio y anhelo, con un cierto brillo de emoción iluminándolos. Este acarició la mejilla de Sarah y sonrió.

-Soy...- empezó a decir la silueta. La silenciosa risa de un niño pequeño sonó y el chico desapareció. Una mano se apoyó sobre el hombro de Sarah. Un escalofrío la recorrió de pies a cabeza. Paul estaba detrás suya

-¿Porque te has levantado? ¿Estás bien?- preguntó con un gesto de preocupación.

-Sólo tenía sed, nada más- dijo Sarah omitiendo lo que acababa de ver y escuchar. Tenía una rara sensación en el cuerpo. Era como si ya hubiera visto a ese chico antes.

-Te acompaño- dijo Paul sonriendo. Ambos cruzaron el pasillo con la luz ahora encendida y llegaron a la cocina. Sarah se sentó sobre la encimera y balanceó las piernas. Antes de quedarse dormida, se había cambiado de ropa. Ahora llevaba una enorme camiseta blanca de Ramones originariamente de Paul. Él la miraba mientras le servía un vaso de agua.

-Aquí tienes- dijo mirándola a los ojos

-Gracias- dijo Sarah sonriendo. Sarah extendió su mano para coger el vaso. Al hacerlo, sus dedos rozaron los de Paul y este apartó la mirada.

-Oye Sarah.¿ Me contestarías a una pregunta?- preguntó Paul sentándose con ella en la encimera.

- Claro, pregúntame lo que quieras- dijo esta dando un pequeño sorbo a su vaso.

-¿Qué te pasó en la rodilla? Es que siempre me lo he preguntado-dijo Paul avergonzado por su pregunta. Sarah miró con una pequeña sonrisa la cicatriz de su rodilla derecha. Era algo muy personal para ella y tan solo Helen sabía la historia detrás de su marca.

-No te preocupes, es solo una antigua cicatriz que me hice mientras corría con Helen en el bosque. – respondió restándole importancia.

-Yo creo...que te queda bien.- Sarah abrió mucho los ojos -Es como una herida de guerra, ¿no?

Paul se acercó un poco más a ella y le sonrió con dulzura. Tan solo había un par de centímetros entre ellos. Sarah notó la suave respiración del chico rebotando contra sus boca. Bajó la mirada hacia sus labios y se detuvo; no estaba muy segura de lo que estaba haciendo, pero de lo que sí estaba segura es que no quería detenerse. Ese era uno de aquellos momentos en los que desearía que el tiempo se detuviera. Tan solo eran ellos dos, nadie ni nada más. Paul deslizó con suavidad sus manos y las puso tras la cintura de la chica, apoyándose en la encimera sobre la que estaba sentada. Un suave escalofrío recorrió su espalda, erizando así todo el vello de su cuerpo sin excepción. Sarah levantó la mano y acarició el pelo de Paul mirándole directamente a los ojos. No sabía que tenían sus ojos verdes que hacían que su estómago se encogiera cada vez que cruzaba la mirada con los suyos. Tal vez no fueran sus ojos verdes sino su sonrisa; que en sus sueños siempre la miraban y la esperaban para envolverla entre sus brazos. La nariz de Paul encontró la de Sarah y comenzó a acariciarla suavemente de arriba abajo. Su corazón latía cada vez más fuerte, tanto que podían escucharse sus latidos sin tener que acercarse a su pecho. No había casi distancia entre sus labios, ambos pensaban en exactamente lo mismo, pero ninguno tenía el coraje ni la fuerza suficiente para hacerlo. Un ruido procedente de la puerta los devolvió a la realidad, haciendo que se separaran a toda velocidad.

-Debería haber traído la cámara. Poco más y me emociono- dijo Lyla apoyada en el marco de la puerta mirándolos, divertida. Sarah se levantó de un salto de la encimera, pero perdió el equilibrio y cayó sobre Paul. Este la agarró antes de que cayera al suelo.

-Lo dicho. No sabéis disimular- dijo Lyla apoyando la cabeza en el marco de la puerta.

Sarah apoyó su cabeza sobre el hombro de Paul suspirando.

-Es mi hermana. Descuida, se le irá esa bobada de la cabeza muy pronto- dijo Paul acariciando suavemente su cabeza.

-Vamos a dormir- respondió Sarah bostezando mientras frotaba suavemente sus ojos.

-No tienes remedio, ¿eh?- dijo Paul sonriendo mientras se sacudía el pelo con intención de arreglarlo. Sus ojos verdes se clavaron en sus labios antes de que la chica saliera de la cocina para ir de nuevo al salón. Paul la siguió y se tumbó de nuevo en el sofá. Antes de poder decir nada, Sarah se había metido debajo de la manta con la cabeza pegada a su pecho. El chico no pudo evitar sonreír mientras la abrazaba. Acababan de vivir una experiencia muy diferente; habian sentido la adrenalina que corría por sus venas. La sensación estar haciendo algo que estaba mal pero estar disfrutando de ella no tenia nombre. Era química. Simplemente, química. No pasaron más de diez minutos hasta que Paul se quedara dormido de nuevo. Sarah lo miraba mientras lo oía roncar de una manera suave. Acerco una de sus manos a su nariz, recordando aquello que había pasado hacia unos instantes en la cocina y sonrió.

-Buenas noches, Paul- susurró antes de volver a enterrar su rostro en su camiseta. Sarah cerró los ojos y se concentró en la respiración del chico. El cansancio terminó por vencerla, sumiendola también en un profundo sueño.


Lágrimas de LuzWhere stories live. Discover now