Capitulo 8

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EL ECO DE UN SOL AUSENTE

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clink.

Siempre fue un placer ver pelear a Naruto todo lo que hacía, lo hacía de forma impecable, un chico al cual admiro... Admiraba.
Fugaku trato de detener a Naruto pero ni siquiera vio cuando le atravesó el pecho pude ver sus ojos de tristeza, desesperación y humillación, su cuerpo cayó pesadamente mientras sus ojos perdían el mangekyo Sharingan, su brillo se apagó.

— No te estaba esperando Kakashi, dime que haces aquí.

Trate de calmarme me miro fríamente sentí miedo está es la segunda vez que tiemblo de miedo si instinto asesino es...

— Contéstame Kakashi se supone que deberías cuidar del Hokage—comenzo caminar hacia y solo por instinto desenfunde mi sanbato.—

—Que has hecho, por qué lo hiciste.
— Pareces sombrío, solo relájate y regresa casa, tu no tienes por qué morir aquí.

Estaba desesperado y no entendía nada mi cabeza daba vueltas               —Ayu...da— un joven genin se arrastraba hacia mi trata de ir en su ayuda.

— Alto ahí Hatake— ni siquiera me moví y el ya estaba detrás mio sujetandome el hombro

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-Tu me recuerdas a alguien, ¿te conozco de algún lugar? dime.

el hombre frente a el no respondio mirándolo con frialdad, naruto retiro su espada quería matar a ese hombre tan fuerte pero el intervino le da una sensación de familiaridad.

— Eso no tiene importancia ahora.
Se notaba que era un samurai su vestimenta le era familiar pero su rostro era idéntico al de souji.

— Lamento destruir su base sin embargo el echo de que secuestraran a mi hermana es...

Naruto salto lejos de la estocada de aquel hombre y su yukata cubrió la escena, en un color negro.

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El color negro desapareció con el movimiento de la sabanas de yorichii.

La primera noche en el recinto Namikaze no trajo paz, solo recuerdos con filos más cortantes que cualquier katana. El complejo, que alguna vez resonó con las risas de una familia que pudo haber sido la más feliz de la historia, ahora era un mausoleo de madera y piedra.

Yoriichi no podía dormir. Las sábanas del recinto olían a algo que no conocía: olían a orden, a reglas, a una aldea que lo miraba como si fuera un fantasma. El pequeño peli rojo se levantó en silencio, sus pies descalzos apenas haciendo ruido sobre el pulido suelo de madera.

Caminó por los pasillos hasta que una luz tenue bajo una puerta llamó su atención. No era la habitación de su madre, ni la de su tío Haruto. Era el estudio del Hokage de la casa.
Al empujar la puerta, encontró a Minato Namikaze. El Relámpago Amarillo no estaba firmando documentos; estaba sentado frente a una estantería, sosteniendo una vieja bufanda roja que parecía haber perdido su color por el tiempo.

—¿Abuelo? —la voz de Yoriichi rompió el silencio como un cristal.

Minato se sobresaltó, ocultando rápidamente la bufanda tras su espalda, pero la mirada del niño —esos ojos azules que eran un calco de los de Naruto— ya lo habían captado todo.

—Yoriichi... ¿Qué haces despierto, pequeño? —Minato forzó una sonrisa, pero sus ojos estaban apagados.

—Esta casa está triste —dijo el niño, caminando hacia el centro de la habitación—. Papá decía que las casas tienen alma, y esta... esta parece que está llorando.

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