|Nora Allen.

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Episodio Cincuenta y Tres: Nora Allen.

















Cuando tenía 9 años, mi vida cambió repentinamente, tras un suceso espantoso que perturbó toda mi vida y me hizo cambiar. Me hizo madurar a la edad de 9 años, de un día a otro, con la diferencia de una noche y unos segundos.

La mayoría dice que unos segundos no son nada, pero la verdad era, que fue cuestión de segundos el cambio que tuve mi vida después de una cosa tan enfermiza que ni siquiera podía recordar bien el acontecimiento; un asesinato.

Recordaba lo básico, lo suficiente para no creer lo que la mayoría pensaba de mi padre; que él había sido capaz de asesinar a la persona que consideraba el amor de su vida frente a sus pequeños hijos. Recordaba una luz amarilla, como una esfera, recordaba a mi madre llorando en el suelo de la estancia de la casa que había sido mi hogar desde mi nacimiento, recordaba los gritos de mi padre, quien me exigía que saliera junto a mi hermano de ese lugar, que huyera. Y luego fueron los juicios, la culpa de mi padre y mi necesidad de verlo cada día, las groserías a Joe, mi padre adoptivo tras esa mala noticia. Siguieron las malas compañías, las llamadas de atención, la necesidad de rebeldía.

Al final, todo cambió por la universidad tras un cambio de ciudad, continuó con mi trabajo y conocí a personas que me enseñaron a sacar esa ira en cosas productivas para la sociedad. Fui expuesta a materia oscura y mi vida volvió a cambiar, solo que esta vez para bien; me convertí en la héroe que sabía que mi madre disfrutaba ver en acción desde donde fuera que estuviera.

Era una metahumana, pero no una diosa. Tenía algo que todos los demás compartían conmigo; la muerte. Porque en este y todos los mundos existentes, naces para morir y vives esperando la muerte. Nadie estaba exento de eso, de la línea frágil que se podía romper tras un par de segundos.

Ni siquiera yo, ni siquiera Barry, ni siquiera Caitlin o Joe, mucho menos Iris o Wally. Ni siquiera mi padre.

Y ahora lo sabía, ahí, parada frente a su ataúd, esperando a que fuera enterrado y con la esperanza de que en ese momento se encontrara con el amor de su vida, con mi madre.

Las dos lápidas estaban juntas, como si no hubiese sido suficiente un dolor en mi pecho, mi corazón se encontraba roto debido al recuerdo de la muerte de la primera mujer en mi vida.

Me sentía arrastrada, golpeada, torturada. Como si me hubiesen quitado una extremidad, como si hubiesen cortado mi abdomen y me hubieran proporcionado múltiples golpes en los intestinos.

No sabía cómo estaba de pie, no sabía cómo podía sostenerme por mi misma. Quería llorar, quería gritar y quería cortarme el cuello a mí misma mientras asesinaba al culpable de mi pérdida.

El hombre que despedía a mi padre decía algo, no le entendía en lo más mínimo, no podía prestar atención.

Cada recuerdo de mi padre iba a mi mente. Su sonrisa cansada cada que lo iba a visitar a prisión, sus abrazos en las visitas mensuales, sus felicitaciones por mi mejorada conducta. Todas esas imágenes corrían por mi mente, la lluvia de afuera por alguna razón estaba golpeando mi rostro y mojaba mis mejillas.

Sentía odio, un odio dentro de mi pecho. Sentía tristeza, un llanto descontrolado de mi yo de 9 años que volvía a ser herida. Era como si estuviera muriendo, como si alguien me hubiese apuñalado y ahora solo estuviera jugando con el cuchillo dentro de mi.

Quería vomitar.

Y mi mirada no se alejó de esa caja elegante que tenía a mi padre dentro. No podía prestar atención a nadie más, ni a Joe, ni a Iris, ni a Wally, ni a Harry, ni a su hija, ni a Cisco y mucho menos a Caitlin.

Leah. | Caitlin Snow. |  En Proceso.Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora