Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Emily Potter se encontró de pronto en un salón que no reconocía. A su alrededor, decenas de personas vestidas con trajes y vestidos elegantes se desplazaban entre luces cálidas y música distante. Todas llevaban máscaras, ocultando sus rostros tras sonrisas enigmáticas.
El desconcierto la golpeó de inmediato.
—¿Dónde estoy…? —murmuró, girando sobre sí misma—. ¿Qué es este lugar?
Su mirada recorrió la decoración fastuosa: candelabros antiguos, columnas de mármol, cortinas carmesí. Nada de aquello tenía sentido.
—¿Dónde estarán Harry, Ron, Hermione y Fel…?
Se detuvo de golpe frente a un gran espejo dorado. El reflejo que le devolvió la mirada la dejó sin aliento.
Ya no llevaba su uniforme de Gryffindor.
En su lugar, vestía un elegante vestido negro, ceñido al cuerpo, con delicados detalles en rojo que parecían arder suavemente a la luz. El escote, adornado con encaje oscuro, y la falda fluida le otorgaban un aire misterioso y sofisticado. En su cabello, una rosa negra contrastaba con el rojo intenso de sus mechones, y una máscara cubría parte de su rostro… una máscara que apenas reconocía como propia.
Parecía haber sido arrancada de su realidad y arrojada a un baile antiguo, casi irreal.
—De acuerdo… —susurró, observándose—. ¿De dónde demonios salieron este vestido, esta máscara y esta rosa?
Fue entonces cuando lo vio a través del espejo.
Aldrick se acercaba a ella.
Vestía un traje negro con detalles rojos que armonizaban inquietantemente con el suyo. Su andar era seguro, elegante, como si aquel lugar le perteneciera. Al llegar a su lado, sonrió de una manera que hizo que el corazón de Emily latiera con fuerza.
—Emily, mi amor —dijo con voz baja—. Estás radiante esta noche.
Extendió la mano hacia ella.
—¿Bailarías conmigo?
Todo instinto le decía que algo no encajaba… y aun así, una fuerza inexplicable la atrajo hacia él. Tomó su mano.
La música los envolvió.
Bailaron entre la multitud como si el mundo hubiera dejado de existir. Las luces se difuminaron, los rostros se volvieron sombras, y solo quedaron ellos dos. Emily sintió una calma profunda, una certeza extraña: mientras Aldrick estuviera allí, nada podría hacerle daño.