Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Por otro lado, en la sala de profesores…
El crepitar bajo del fuego en la chimenea era el único sonido que se atrevía a romper el silencio.
Dumbledore permanecía de pie junto a la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda, observando la noche que se extendía sobre los terrenos de Hogwarts, como si esperara que la oscuridad le devolviera respuestas que sólo ella conocía.
McGonagall estaba sentada con la espalda rígida, los labios apretados en una fina línea de preocupación. Snape, con los brazos cruzados, parecía más sombrío de lo habitual; y Moody golpeaba el suelo con su pata de metal de forma rítmica, como si aún siguiera contando los segundos de lo ocurrido en la arena.
Ninguno lograba apartar la mente de la primera prueba del Torneo.
Jamás habrían imaginado que Emily Potter poseyera una fuerza fuera de toda lógica mágica; mucho menos que fuera capaz de contener, levantar y redirigir a un colacuerno húngaro, manteniéndolo a raya mientras su hermano, sometido a una presión insoportable, intentaba hacerse con ambos huevos de oro. Habían visto campeones caer por mucho menos.
Y, aun así, los dos niños sobrevivieron.
—No fue sólo suerte —dijo finalmente McGonagall, rompiendo el silencio—. Ningún mago, ni siquiera un adulto entrenado, habría podido hacer lo que ella hizo hoy.
Snape entrecerró los ojos.
—No fue magia convencional —respondió con frialdad—. Lo que vimos… fue algo distinto.
Moody soltó una risa breve y áspera.
—Desde luego —gruñó—. Ese dragón no retrocedió por hechizos. Retrocedió porque alguien fue capaz de obligarlo a hacerlo.
Dumbledore cerró los ojos por un instante, para él, la escena no había sido sólo sorprendente… había sido reveladora.
Meses atrás, durante el verano, había confirmado una verdad.
Una verdad que había mantenido en silencio.
Una verdad que Lily y James Potter —que en paz descansen— habían intuido, pero que jamás llegaron a saber.
Una verdad que Harry desconocía por completo sobre su hermana gemela.
Una verdad que incluso el Ministerio de Magia ignoraba: Emily Potter no era simplemente una bruja extraordinaria, era la reencarnación de alguien que Hogwarts había conocido siglos atrás.
Y en el instante exacto en que vio a la pelirroja sostener al colacuerno, su memoria —tan vasta como los pasillos del castillo— le devolvió un nombre que no había pronunciado en décadas.
Elena Valerious.
La bruja prodigio de Hogwarts, Gryffindor, audaz hasta la imprudencia, astuta, brillante… y poseedora de aquella misma fuerza imposible.