Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Harry
Desafortunadamente, el día de la primera prueba del Torneo de los Tres Magos había llegado.
Emily y yo apenas habíamos dormido.
Nos encontrábamos en la tienda de campaña, junto a Fleur, Cedric y Viktor, intentando aparentar tranquilidad, aunque nuestras manos sudaban y los nervios nos atenazaban el pecho. Vestíamos el uniforme deportivo negro con mangas rojas y líneas amarillas, los apellidos bordados en la espalda, tratando de convencernos de que estábamos listos para lo que venía.
Afuera, en el estadio, la voz de Dumbledore se elevaba entre la multitud:
—¡Su atención, por favor! Este es un gran día para todos…
Emily y yo permanecíamos tensos hasta los huesos. Mi corazón latía con fuerza, y mis manos no dejaban de temblar.
—En cada una de las tres pruebas se corre un gran riesgo —continuó el director—. Por favor, permanezcan en sus asientos y eviten exponerse…
Pero antes de que la advertencia terminara, un ruido nos hizo girar la cabeza hacia la entrada. Hermione apareció seguida de Aldrick al otro lado de la tienda.
—Harry, Emily, ¿son ustedes? —preguntó Hermione, con su tono habitual entre preocupación y emoción.
—Sí —respondimos al unísono.
—¿Cómo se sienten? ¿Bien?—inquirió Aldrick con calma, como si nada pudiera perturbarlo.
—Define “bien”, Aldrick —susurró Emily, intentando aparentar seguridad, aunque el temblor en su voz delataba todo lo contrario.
—Tienen que concentrarse —nos advirtió Hermione—. Después tienen que…
—Enfrentar al dragón —dijimos Emily y yo casi al mismo tiempo, y un escalofrío recorrió mi espalda.
Hermione entró en la tienda y me abrazó con fuerza. Instintivamente correspondí su gesto, sosteniéndola como quien protege algo frágil, familiar, esencial. Pero entonces mi atención se desvió. Aldrick estaba junto a Emily, y la envolvía en un abrazo firme y protector. No era un gesto casual: era un amparo silencioso, un límite invisible que nadie debía cruzar.
Emily se aferró a él con la misma intensidad. Sus manos, su postura… todo gritaba confianza y necesidad, un vínculo que yo no podía replicar. Y, sin embargo, ella también me miró por un instante, con esa mirada familiar, cómplice, recordándome que entre nosotros existía un lazo irrompible, fraternal y profundo.
Mi corazón se tensó, mezclando sorpresa con un instinto protector que no podía ignorar. Aldrick sostenía a Emily de un modo que me obligaba a reconocerlo: había algo entre ellos que ya no podían negar, aunque ninguno dijera palabra al respecto. Su cercanía era real, intensa, y al mismo tiempo contenida, como si cada uno luchara por no admitir lo que sentía, pero sin poder evitarlo.