Emily y Harry Potter son gemelos inseparables, unidos por un destino marcado desde el 31 de octubre de 1981, la noche en que Lord Voldemort arrebató la vida de sus padres, dejando en sus frentes la cicatriz que ambos llevarán por siempre.
Sin embar...
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Dos Días Después…
Harry
Las cosas no podrían estar peor y no era una exageración.
Emily y yo caminábamos por el pasillo que daba vista al patio del colegio, pero no hacía falta mirar afuera para saberlo. Bastaba con observar a los estudiantes que pasaban junto a nosotros… o, mejor dicho, cómo nos miraban.
Muchos llevaban botones prendidos en las túnicas.
Botones con nuestros rostros.
—Los gemelos Potter apestan. —Son unos tramposos. —¡Deshonestos!
Algunos lo decían en voz alta, sin molestarse siquiera en bajar el tono. Otros se limitaban a reír, murmurando entre ellos mientras nos señalaban como si fuéramos parte de algún espectáculo ridículo.
Apreté la mandíbula.
Sentía ese cosquilleo familiar en la punta de los dedos, una advertencia clara de que estaba a punto de perder la paciencia… pero respiré hondo y seguí caminando.
Emily no.
Lo noté enseguida.
Sus ojos avellana se oscurecieron poco a poco, adquiriendo ese matiz violeta que aparecía cuando estaba realmente molesta. El aire pareció volverse más denso, casi tenso, como si algo invisible se hubiera estirado de golpe.
—Emily… —murmuré, en voz baja.
Ella se detuvo.
Giró la cabeza hacia el grupo más cercano y, sólo con eso, varios estudiantes dieron un paso atrás, incómodos.
Emily sacó su varita.
—¿Se están divirtiendo? —preguntó con una calma que no tranquilizaba a nadie.
Antes de que alguien pudiera responder, murmuró un hechizo corto.
Nada espectacular. Nada llamativo.
Aun así, varias chicas dejaron escapar un grito ahogado cuando mechones de cabello comenzaron a desprenderse y caer al suelo. Algunos chicos se llevaron las manos al cuello y a los brazos, rascándose con evidente desesperación.
—¡Me pica! —¡¿Qué me hiciste?!
—Eso pasa cuando hablan de más —dijo Emily con una sonrisa leve, casi satisfecha.
El pasillo quedó en silencio.
Un silencio espeso, incómodo.
Los estudiantes se apartaron de nuestro camino, evitándonos la mirada, como si de pronto no quisieran estar cerca de nosotros bajo ninguna circunstancia.
Suspiré, pasándome una mano por el rostro.
—Genial —murmuré—. Ahora sí nos van a detestar.
—Que lo hagan —respondió ella, guardando la varita.