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4:47 PM

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4:47 PM

Álvaro miraba el papel donde Isabella había anotado su número, sentado al borde de su cama. Lo había releído tantas veces que los números empezaban a perder sentido. Era extraño cómo siete dígitos podían ponerlo tan nervioso.

La tarde se colaba por su ventana, tiñendo su habitación de naranja. Mirando al lado de la calle, podía ver las casas, aún con luces encendidas, y por un momento se preguntó qué estaría haciendo la chica. ¿Lo pensaría ella tanto como él pensaba en ella?

"Dale, no seas cobarde", se dijo a sí mismo, pasándose una mano por el pelo. Isabella había dado el primer paso al darle su número. La había visto dudar un momento antes de escribirlo en la hoja, mordiéndose el labio como hacía cuando estaba nerviosa. Ese pequeño gesto lo había dejado sin aliento.

Se levantó y comenzó a caminar por su habitación. Los discos de vinilo que había estado organizando seguían esparcidos sobre su escritorio, olvidados desde que llegó del colegio. No podía concentrarse en nada más. La había invitado a salir antes de que le diera su número, las palabras saliendo atropelladamente de su boca antes de que pudiera pensarlo mejor.

"Tengo que preguntarle a mi mamá primero", le había dicho ella, con las mejillas sonrosadas y una pequeña sonrisa que lo había mantenido flotando todo el día.

Volvió a mirar por la ventana. Llamar a la casa de Isabella estaba tan cerca y a la vez tan lejos. Sabía que su madre trabajaba hasta tarde, lo había escuchado en una conversación durante el recreo. ¿Debería llamar ahora? ¿O esperar a mañana? ¿Y si su madre contestaba el teléfono?

Se dejó caer nuevamente en la cama, sosteniendo el papel contra la luz. La letra de Isabella era ordenada y delicada, como ella. Incluso había dibujado un pequeño punto sobre la i final de una manera particular que lo hizo sonreír.

1976 | Alvaro CastroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora