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Los amigos se encontraban ya en el auditorio planeando su acto, lanzandose unos a otros ideas para dicha presentación.
—¿Rancheras? —soltó Gustavo, a la idea de Salcedo de elegir que tipo de canción interpretar, sin estar muy seguro de querer tratarla.
—¿Qué pasa, no le gusta Vicente Fernández o qué? —respondió, con tono retador y una ceja levantada, como si estuviera defendiendo la patria misma.
—Sí, pero... —empezó a decir Gustavo, pero Álvaro no lo dejó terminar.
—Nosotros le dijimos a la Doctora Alicia que sabíamos cantar. Pero ¿sabemos cantar?
El silencio que siguió fue elocuente. Gustavo se rascó la nuca, Rodrigo miró hacia el techo del auditorio, Camilo comenzó a jugar con su lápiz, y Eva suspiró profundamente. Nadie se atrevió a responder afirmativamente a una pregunta cuya respuesta era obvia para todos.
—Ahí está el problema —continuó Álvaro, recostándose en su silla—. Las rancheras no se cantan así no más. Requieren técnica, sentimiento, experiencia.
—Tiene razón —murmuró Gustavo, agradecido de que alguien más hubiera dicho lo que casi todos pensaban.
—¿Y qué tal música folklórica? —propuso Rodrigo, con esperanza renovada—. Un bambuco, por ejemplo.
Martín arrugó la nariz inmediatamente.
—Eso suena a música de los domingos familiares con mi cucha. No creo que sea lo que busquemos.—
Camilo movió la cabeza en señal de desacuerdo silencioso, confirmando la objeción de Martín.
—¿Baladas? —sugirió Isabella desde su lugar, con voz serena pero clara.
La palabra flotó en el aire por unos segundos antes de que Camilo reaccionara.