11

129 12 0
                                        

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

.

.

.

.

Ya empezaba el recreo y el grupo de amigos, unos más que otros, se encontraban con los nervios de punta

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.

Ya empezaba el recreo y el grupo de amigos, unos más que otros, se encontraban con los nervios de punta.

—Bueno —dijo Camilo, tomando el liderazgo natural que siempre asumía en estas situaciones—. Antes que nada, necesitamos permiso oficial para hacer esto.

—¿Permiso de quién? —preguntó Gustavo.

—De la Doctora Alicia, obviamente —respondió Eva—. Ella es quien organiza todo en el colegio.

Isabella se veía nerviosa.

—¿Y si dice que no? ¿Y si piensa que es muy poco tiempo para organizarlo bien?

—No va a decir que no —la tranquilizó Rodrigo—. A la Doctora Alicia le encantan estas iniciativas de los estudiantes.

—¿Quién va a hablar con ella?— preguntó Salcedo rapidamente

—Deberíamos ir todos —propuso Álvaro—. Así ve que es un proyecto grupal serio.

—Tienes razón —acordó Isabella—. Vamos ahora, antes de que se termine el recreo.

El grupo salió del aula y se dirigió hacia la oficina de la Doctora Alicia. Mientras caminaban por los pasillos, notaron que algunos grupos de estudiantes hablaban en voz baja, con expresiones entre curiosas y divertidas.

—¿Han visto qué rara está la profe Estela últimamente? —comentó uno de los estudiantes de cuarto mientras pasaban.

—Sí, se viste súper diferente —respondió su amigo—. Ya no usa esas blusas coloridas con las que tanto se le ven las que sabemos.

Los amigos intercambiaron miradas pero no le dieron mayor importancia. Tenían cosas más urgentes en mente.

Llegaron a la puerta de la oficina y Camilo tocó suavemente.

—Adelante —se escuchó la voz autoritaria pero amable de la Doctora Alicia.

Entraron en fila, como soldados reportándose. La Doctora Alicia los miró por encima de sus anteojos, con esa expresión que sugería que ya sabía que venían a pedirle algo.

—Buenos días, Doctora —saludó Eva con su mejor sonrisa—. ¿Podríamos hablar con usted un momento?

—Por supuesto, muchachos. Siéntense —señaló las sillas frente a su escritorio—. Aunque me parece que no van a caber todos.

Algunos se quedaron de pie mientras Eva, como la mejor oradora del grupo, tomó la palabra.

—Doctora, queríamos proponerle algo para el acto del Día de la Madre de este viernes.—

La Doctora Alicia juntó las manos sobre el escritorio.

—Los escucho.—

—Quisiéramos organizar una presentación especial —continuó Isabella—. Algo diferente a lo que se hace normalmente. Una combinación de literatura, música y tal vez algo teatral.

La Doctora Alicia los miró a todos, uno por uno, y una sonrisa comenzó a formarse en su rostro.

—Excelente, muchachos. Eso es justo lo que necesita el José María para calmar las aguas...—

Los estudiantes intercambiaron miradas confundidas ante ese comentario, pero la Doctora Alicia no elaboró más sobre el tema.

—¿Tienen una idea concreta de lo que quieren hacer? —preguntó.

Salcedo se apresuró a hablar.

—Arbelaez puede poner la música, Doctora. Y Eva, Granados e Isabella tienen muchas ideas sobre poesía y literatura.—

—¿Y tienen tiempo suficiente para organizarlo bien? —preguntó, aunque su tono sugería que ya estaba convencida—. Son solo tres días.

—Sí, Doctora —respondió Camilo con seguridad—. Hemos organizado cosas más complicadas en menos tiempo.

—Está bien —asintió la Doctora Alicia, tomando una libreta—. Les doy permiso oficial. Tienen el auditorio reservado para el viernes a las 10 de la mañana. Pero quiero que me presenten un programa preliminar mañana al mediodía, ¿de acuerdo?

Los siete amigos sonrieron como si hubieran ganado la lotería.

—¡Por supuesto, Doctora! —exclamó Isabella—. Le prometemos que va a ser algo memorable.

—Eso espero —respondió la Doctora Alicia, volviendo a su tono más serio—. Y recuerden, van a tener a todas las madres de familia presentes. Esto debe ser impecable.

Cuando salieron de la oficina, Isabella abrazó a Eva espontáneamente.

—¡No puedo creer que haya dicho que sí!

—¿Escucharon eso de "calmar las aguas"? —preguntó Rodrigo mientras caminaban de vuelta—. ¿Qué habrá querido decir?

—No sé —respondió Gustavo—. Pero sonó como si hubiera algún problema en el colegio.

—Seguro son cosas de cuchos—dijo Salcedo, restándole importancia—. Lo importante es que tenemos luz verde.

Isabella se detuvo de repente.

—Muchachos, acabamos de comprometernos a hacer algo "memorable" e "impecable" en tres días. ¿Se dan cuenta de la responsabilidad que tenemos?

Eva la miró con determinación renovada.

—Entonces será mejor que empecemos a trabajar ahora mismo. Esta va a ser la presentación más increíble que haya visto el José María.—

—Aporvechemos de una que podemos capar clase— finalizó hablando Salcedo

El timbre anunció el final del recreo, pero por primera vez en días, Eva sonreía con genuine esperanza. Tenían permiso, tenían un plan, y tenían a los mejores amigos que alguien podría pedir.

Ahora solo faltaba crear un milagro.

.

.

.

.

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.


1976 | Alvaro CastroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora