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En su habitación, más tarde, mientras se preparaba para dormir, Isabella pensó en las palabras de Benedetti, en cómo a veces la vida te da pequeñas treguas de felicidad

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En su habitación, más tarde, mientras se preparaba para dormir, Isabella pensó en las palabras de Benedetti, en cómo a veces la vida te da pequeñas treguas de felicidad. Pero a diferencia de la historia de Martín y Laura, ella tenía el presentimiento de que lo suyo con Álvaro apenas estaba comenzando.

El reloj de mesa marcaba las 8:45 de la noche. Isabella miraba el teléfono fijo que descansaba sobre su escritorio. No era demasiado tarde para llamar, pero aun así dudaba. ¿Qué pensaría su madre si escuchaba que hacía una llamada a estas horas? ¿Estaría Álvaro todavía en casa o habría salido con amigos?

Desde el pasillo podía escuchar la radio que su madre sintonizaba todas las noches. Las notas de un bolero de Armando Manzanero creaban la atmósfera perfecta para lo que estaba a punto de hacer.

Con determinación, se acercó al teléfono, levantó el auricular y marcó el número del que Álvaro le había llamado hace días. El sonido del disco girando con cada número se mezclaba con los latidos acelerados de su corazón.

Un tono. Dos tonos. Tres tonos.

—¿Aló?— La voz no era de Álvaro sino de una mujer mayor.

—Buenas noches, señora. Que pena molestarla a estas horas ¿Se encuentra Álvaro, por favor?— Isabella habló con la voz más educada que pudo encontrar.

—Un momento— respondió la mujer, que supuso sería su madre.

Isabella podía escuchar pasos y voces distantes.

—¿Aló?— Esta vez sí era él.

—Hola, Álvaro. Soy Isa— Sintió un cosquilleo en el estómago mientras enrollaba el cable del teléfono entre sus dedos.

—¡Isabella! Qué sorpresa tan agradable.— La alegría en su voz era inconfundible. —Estaba pensando en ti.—

—¿De verdad?— preguntó ella, tratando de contener una sonrisa que nadie podía ver.

1976 | Alvaro CastroHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora