— Lo mismo pienso yo —murmuró Harden entre dientes.
— ¡Ay, por favor! ¿Uno ya no puede venir a visitarlos?
— Cada vez que vienes pasa algo.
— No, nada que ver.
Lucifer se sienta en uno de mis sillones como si hubiera estado toda la vida viviendo aquí. Fija sus ojos en mí, una chispa irreconocible pasa por ellos, me dedica una mirada que me da un resumen del desastre que viene a continuación.
— Hola, pequeña diabla, ¿no piensas saludarme? — No, pienso dentro de mí.
— ¡Claro! Dime, ¿cómo estás? ¿Qué te trae a estas tierras? — digo con nerviosismo.
Decir que estoy nerviosa es poco. He estado evitando al padre de mi "prometido" por más razones de las que puedo contar, y sé que él lo sabe.
— Vine a darles las buenas nuevas, claro, y además, a preguntarte por qué se te ha ocurrido faltar a nuestras clases. ¿Piensas que ser reina es solo ponerte en un trono? Ojalá fuera así; necesito asegurarme de que ayudes a mi hijo como se debe. Tú vas a hacer el cerebro del reino, estoy seguro.
Mi fingida sonrisa se queda ahí, en fingida y estática.
¿Qué acabo de escuchar? ¿Yo ser el cerebro de un reino? Sí, cómo no, en sus sueños. Y yo que pensaba que iba a ser esposa florero. Con suerte no tendré que casarme con nadie y podré ser feliz con mi antigua vida y con mi novio.
Dios, si estás ahí, sálvame, por favor.
—¿Disculpa? ¿Qué acabas de decir, padre?
— Lo que acabas de escuchar, Daxton.
— Aurora no es material para ser reina y lo sabes, menos para ser el cerebro de mi reinado. Como si no fuera poco que tengo que tener una alianza con ella, ahora quieres que reine a mi lado.
— Daxton, ese siempre ha sido el plan, no sé de qué te sorprendes. Y tranquila, pequeña demonio, pronto estarás lista para gobernar, cuando te dignes a ir a mis clases personalizadas. ¿Sabes cuántos demonios quieren clases conmigo? —preguntó—. Muchos, y tú los desperdicias.
Estaba a punto de opinar, pero como siempre, Daxton habló por mí.