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¡Atención! Este capítulo contiene escenas +18 por favor leer por su propio riesgo.
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Aurora
El fin de semana llegó más rápido de lo que esperaba.
Estaba arreglándome en mi cuarto para ir con Liam. Pasé más de media hora buscando que ponerme. Después de mucha indecisión, opté por un top azul y una falda negra hasta los muslos. Me veía bien, me gustaba mucho cómo estaba hoy, me sentía linda.
Me observé en el espejo, me faltaba algo, pero ¿qué? Miré mi armario y encontré una mini cartera blanca que me había regalado Liam en nuestro primer aniversario, ahora sí estaba completa. Me retoqué el lápiz labial y salí del departamento. Tenía suerte de que los chicos no estaban aquí.
Puede ser que no le haya avisado a Daxton sobre mi salida este fin de semana con mi novio, espero que el grito no se escuche tanto.
Encuentro del carro de Liam en el estacionamiento del edificio.
— Hola, linda - intentó besarme, pero yo fui más rápida y lo esquivé. — ¿Qué pasa? ¿No piensas saludarme?
No respondo.
Acepté venir por una sola cosa y era ver qué me decía.
Liam creía que le iba a perdonar muy fácilmente por las palabras del otro día, cosa en la cual estaba muy equivocado.
— ¿Sigues molesta? Aurora, ya te dije que lo siento, no puedes estar molesta conmigo por siempre.
— Que yo sepa, nosotros no hemos hablado nada, tú, hablaste. Y sí, estaré molesta contigo hasta que se me dé la gana.
Me observó sin decir absolutamente nada. Arrancó el carro en silencio, y el ambiente se volvió rápidamente tenso.
No quería hablar con él, muchas veces en la noche me preguntaba en qué dirección iba nuestra relación. Es decir, nos vemos muy poco entre su trabajo y los estudios. Yo no sé qué podría pasarme; después de todo, parece que no tengo escapatoria con el demonio.
¿Me casaré y seguiré con mi novio? ¿Tendré que explicarle mi situación? ¿Lo entenderá?
Son muchas preguntas con pocas respuestas.
Lo observo con el rabillo del ojo, me pregunto qué estará pensando.
Tal vez algo parecido a mí. ¿Acaso nuestra relación tiene salvación? Esperaba que sí, tres años de relación no se podían ir a la basura.
Después de tres horas de preguntas sin respuestas, llegamos a una cabaña en un lindo bosque alejado de la ciudad. Al bajarnos no me pude resistir a preguntar.
— ¿Dónde conseguiste esta cabaña?
— Es mía – respondió después de abrir la puerta y dejarme pasar —. La compré hace unos meses, te quería dar la noticia, pero estuviste ocupada.