Interlude p. I

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Ciro siempre fue de levantarse temprano, incluso en vacaciones, a de las ocho estaba desayunando al lado de la pileta, a las nueve iba al gym y a la vuelta nadaba un rato antes de almorzar. Mati no era como Ciro, si fuera por el hasta las cinco de la tarde no da señales de vida, pero siempre terminaba despertándose temprano por los mensajes de su amigo.

Se iba a dormir sabiendo que al día siguiente lo iba a despertar, por ahí sólo para saludar o para contarte que hizo mientras el rubio dormia, y a veces lo llamaba para invitarlo a hacer algo, generalmente con su novia incluida.

Antes de que Lara se convirtiera en la pareja de su mejor amigo, solía ser su amiga, la típica situación de mi viejo es amigo de tu viejo y nacimos el mismo año así que ahora somos amigos, un amigo de fábrica. De chicos sus familias iban de vacaciones juntas, los domingos  asado y cuando Lara se quiso cambiar de colegio para arrancar la secundaria él le rogó que fuera a su colegio. 

La rivalidad entre sus dos mejores amigos empezó el primer dia de clases cuando tocó elegir compañero de banco, pero se fue desarrollando desde el desinterés mutuo pasando por apatía fingida y por último amistad. Este tercer estadio era perfecto para Mati, él era el conector fundamental del grupo, podía juntarse con Ciro a jugar a la pelota, ir a merendar con Lara y salir los tres al cine.

Más de una vez quiso contarle a Lara lo mucho que le gustaba Ciro, contarle de esa vez que le dijo que estaba lindo antes de ir a una joda, o como lo miró cuando bailaron el vals juntos en el casamiento de su tía, cómo se sentía cada vez que le pellizcaba la cintura o las piernas, quería un cómplice de su delirio romántico, una persona que se emocionara con él.

La noche antes de cumplir catorce Ciro lo invitó a la casa de fin de semana que tenía su viejo en Los Reartes, se tomaron un colectivo con la malla puesta y una mochila de ropa entre los dos, comieron sanguchitos en el río y caminaron ida y vuelta hasta Villa General Belgrano para cenar en un restaurante de pastas. Mati estaba viviendo el sueño, caminando de vuelta por el lado de la ruta Ciro le dio la mano y un beso en el cachete acompañado de su “Feliz cumpleaños”. Al llegar le regaló un whisky y se acostaron en el patio a mirar las estrellas ya bastante picados.

-No necesito nada más para ser feliz Mati, el calorcito en el campo con la vista más linda del mundo.

 -La posta, el cielo es hermoso siempre, pero acá está especial.

-Si, el cielo.

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Ya de vuelta en Córdoba estaba completamente decidido a contarle a Lara todo, no había forma de que se guardará la secuencia más romántica de su vida, ella no se lo perdonaría nunca con lo chismosa que es. Ensayo cómo decírselo toda la tarde, sabía que se lo iba a tomar bien así que la preocupación era no olvidarse ningún detalle. Esa noche cenaban en familia por su cumpleaños y obvio que Cacho y su familia estaban invitados.

Le dijo a Lara que viniera antes que los demás y como un nene de seis años se clavó en la ventana del segundo piso a esperar que apareciera el auto rojo de Cacho. Pero de donde se bajó la chica no era rojo ni un auto, sino la bicimoto de Ciro y antes de que pudiera pensar que podía significar se despidieron con un beso.

Obvio que se quería matar, la odio por semanas, después se odio a él por semanas y por último odio a Ciro otras semanas, no quería ni cerrar los ojos porque esa imagen se repetía constantemente, una tortura.

Desde que se le rompió el corazón en mil pedacitos no volvió a ilusionarse con nada ni nadie, de entrenar seguido en una escuelita piola pasó a sólo jugar con sus amigos los fines de semana, de vivir estudiando con los ojos clavados en un 10 a que el 6 sea su único objetivo y directamente ni se dio la molestia de conocer a nadie más.

Hot Summer NightsDonde viven las historias. Descúbrelo ahora