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— ¿Te sigo teniendo que invitar a comer? — pregunté y ella simplemente soltó una risa, retirando su cabeza de mi hombro.
— La verdad es que me gustaría ir a comer algo ahora, tengo hambre... — dicho eso, su estómago rugió y me reí, ella se puso roja y me dio un empujón.
Me puse en pie y ella también, le hice un gesto con la mano para que me siguiera y comenzamos a caminar.
— Conozco un restaurante cerca de aquí — comenté, mirando al cielo —. Mi abuelo me solía llevar de pequeño, cuando veníamos juntos al refugio.
Ella asintió, no dijo nada, y lo agradecí, porque simplemente quería sentirme escuchado. Seguí mirando el cielo mientras caminábamos, observando cada una de las estrellas que había, ella siguió mi mirada y miró también las estrellas.
— Vaya... el cielo es precioso... no hay comparación con la ciudad.
— Las ciudades y la contaminación lumínica, como odio eso.
Asintió ante mi comentario y yo le lancé una pequeña mirada: viendo su atuendo, la desvié y suspiré.
Seguimos caminando, ya quedaba poco para llegar al restaurante, aunque estaba nervioso, tenía cinco dólares contados, yo no comería, porque tenía que invitarla.
— Es allí — señalé y ella miró hacia donde mi dedo señalaba.
Caminamos hacia el sitio y entramos, nos sentamos en una mesa y el camarero no tardo en venir.
— ¿Qué van a pedir? — preguntó, sacando un mini cuaderno para apuntar, la miré y ella miró la carta.
— Un batido de vainilla.
El camarero apuntó el pedido de Layra y luego me miró, esperando para escribir.
— Oh... no, no, yo no quiero nada, gracias...
Asintió y se fue, luego Layra me miró, extrañada.
— ¿Por qué no has pedido nada?
Tragué saliva y mantuve mi pierna tranquila, sabiendo que estaba temblando.
— No tengo hambre... gracias.
Claramente, era obvio que ella ya sabía que algo no iba bien, seguramente ella crea que no me alimento bien o que tengo problemas alimenticios porque estoy delgado, pero no... si ella lo supiera.
No sacó el tema y su batido no tardó en llegar, ella sonrió y tomó un sorbo, me ofreció.
— Oh... gracias — sonreí y tomé un sorbo.
— Bueno... chico misterioso, cuéntame más de ti.
Agaché la cabeza, escondiendo una risa, luego la alcé y la miré, pensando en que decirle.
— ¿Qué quieres saber? — se encogió de hombros —. Bueno... me gusta cantar, hacer deporte, de hecho, soy entrenador y... no sé, mi vida no es interesante.
No dijo nada, siguió bebiéndose su batido y luego entrecerró los ojos, mirándome fijamente.
— Tienes pecas.
Sonreí y asentí, sabiendo que estaba observando como era mi cara.
Siguió bebiéndose su batido y se lo acabó.
Miré al camarero y le hice una seña para que supiera que habíamos acabado y si podía traer la cuenta, minutos más tarde apareció y miré lo que era: eran cuatro dólares con noventa y cinco céntimos, suspiré, aliviado, y saqué mi cartera: vacía, con un solo billete, el mismo con el que iba a pagar.
No lo noté, pero Layra estaba mirando mi cartera, si me hubiera dado cuenta en ese momento hubiese salido corriendo, avergonzado y sintiéndome como un idiota.
El camarero me dio el cambio y salimos del bar. Comenzamos a caminar de vuelta y sonreí, mirándola con el rabillo del ojo, ella estaba mirando al suelo, concentrada en algo.
Alcé la cabeza y cerré los ojos, luego vi que seguía distraída y comencé a correr hacia otra dirección, pude ver su sorpresa y no tardó en seguirme.
— ¡Oye! ¿¡Donde vas!?
Reí y seguí corriendo hasta llegar a una playa que había, me quité los pantalones y la camiseta y entré al agua.
Unos minutos más tarde ella apareció, tratando de recuperar la respiración y mirándome con cara de pocos amigos.
— ¿Por qué has hecho eso?
— ¿El qué? — pregunté, sacudiendo la cabeza y viendo las gotas caer de mi pelo.
— No sé, ¿tal vez salir corriendo sin avisarme?
Reí y me puse a mirar la luna, sabiendo que quedaba un día de refugio, me sumergí.
Abrí los ojos y lo único que había era oscuridad, otra vez sentí el sentimiento de vacío, miré alrededor y todo estaba oscuro: me había equivocado.
Venir aquí, no me iba a hacer feliz, no me iba a cambiar la vida, y fui un ingenuo por pensar eso: la tristeza te persigue hasta la muerte, pero no la muerte literal, la muerte de tus sentimientos: hasta que ya no sientes nada y estás vacío.
Salí del agua y miré a Layra.
— ¿Todo tiene fin?
Vi que estaba algo desconcertada por mi pregunta y se sentó en la arena.
— Sí, eso creo, ¿por qué?
— Si todo tiene fin, el sufrimiento también, ¿no?
Ella me miró, pero yo desvié la mirada: no quería una charla, no quería un regaño: simplemente quería una sola respuesta.
— Eh... supongo...
Suspiré y salí del agua, me senté en una piedra y miré al cielo, como siempre hacía, cuando quería sentir que todo estaría bien... cuando quería sentir a Logan.
— Chris... ¿Estás bien?
No la miré, pero asentí, sin saber si esta vez era verdad u otra vez mentía para escapar de la realidad.
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Bajo las Estrellas Perdidas
RomansaTodos sabemos que si a un cuerpo le añadimos agua hirviendo se quema, pero si le ponemos también hielo, quema, son dos reacciones diferentes, pero con los mismos resultados, ¿pero qué se supone que pasa cuando se mezclan? ¿Se queman entre ellos o se...
