Capítulo 6. Batido de vainilla y una respuesta.

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— ¿Te sigo teniendo que invitar a comer? — pregunté y ella simplemente soltó una risa, retirando su cabeza de mi hombro.

— La verdad es que me gustaría ir a comer algo ahora, tengo hambre... — dicho eso, su estómago rugió y me reí, ella se puso roja y me dio un empujón.

Me puse en pie y ella también, le hice un gesto con la mano para que me siguiera y comenzamos a caminar.

— Conozco un restaurante cerca de aquí — comenté, mirando al cielo —. Mi abuelo me solía llevar de pequeño, cuando veníamos juntos al refugio.

Ella asintió, no dijo nada, y lo agradecí, porque simplemente quería sentirme escuchado. Seguí mirando el cielo mientras caminábamos, observando cada una de las estrellas que había, ella siguió mi mirada y miró también las estrellas.

— Vaya... el cielo es precioso... no hay comparación con la ciudad.

— Las ciudades y la contaminación lumínica, como odio eso.

Asintió ante mi comentario y yo le lancé una pequeña mirada: viendo su atuendo, la desvié y suspiré.

Seguimos caminando, ya quedaba poco para llegar al restaurante, aunque estaba nervioso, tenía cinco dólares contados, yo no comería, porque tenía que invitarla.

— Es allí — señalé y ella miró hacia donde mi dedo señalaba.

Caminamos hacia el sitio y entramos, nos sentamos en una mesa y el camarero no tardo en venir.

— ¿Qué van a pedir? — preguntó, sacando un mini cuaderno para apuntar, la miré y ella miró la carta.

— Un batido de vainilla.

El camarero apuntó el pedido de Layra y luego me miró, esperando para escribir.

— Oh... no, no, yo no quiero nada, gracias...

Asintió y se fue, luego Layra me miró, extrañada.

— ¿Por qué no has pedido nada?

Tragué saliva y mantuve mi pierna tranquila, sabiendo que estaba temblando.

— No tengo hambre... gracias.

Claramente, era obvio que ella ya sabía que algo no iba bien, seguramente ella crea que no me alimento bien o que tengo problemas alimenticios porque estoy delgado, pero no... si ella lo supiera.

No sacó el tema y su batido no tardó en llegar, ella sonrió y tomó un sorbo, me ofreció.

— Oh... gracias — sonreí y tomé un sorbo.

— Bueno... chico misterioso, cuéntame más de ti.

Agaché la cabeza, escondiendo una risa, luego la alcé y la miré, pensando en que decirle.

— ¿Qué quieres saber? — se encogió de hombros —. Bueno... me gusta cantar, hacer deporte, de hecho, soy entrenador y... no sé, mi vida no es interesante.

No dijo nada, siguió bebiéndose su batido y luego entrecerró los ojos, mirándome fijamente.

— Tienes pecas.

Sonreí y asentí, sabiendo que estaba observando como era mi cara.

Siguió bebiéndose su batido y se lo acabó.

Miré al camarero y le hice una seña para que supiera que habíamos acabado y si podía traer la cuenta, minutos más tarde apareció y miré lo que era: eran cuatro dólares con noventa y cinco céntimos, suspiré, aliviado, y saqué mi cartera: vacía, con un solo billete, el mismo con el que iba a pagar.

No lo noté, pero Layra estaba mirando mi cartera, si me hubiera dado cuenta en ese momento hubiese salido corriendo, avergonzado y sintiéndome como un idiota.

El camarero me dio el cambio y salimos del bar. Comenzamos a caminar de vuelta y sonreí, mirándola con el rabillo del ojo, ella estaba mirando al suelo, concentrada en algo.

Alcé la cabeza y cerré los ojos, luego vi que seguía distraída y comencé a correr hacia otra dirección, pude ver su sorpresa y no tardó en seguirme.

— ¡Oye! ¿¡Donde vas!?

Reí y seguí corriendo hasta llegar a una playa que había, me quité los pantalones y la camiseta y entré al agua.

Unos minutos más tarde ella apareció, tratando de recuperar la respiración y mirándome con cara de pocos amigos.

— ¿Por qué has hecho eso?

— ¿El qué? — pregunté, sacudiendo la cabeza y viendo las gotas caer de mi pelo.

— No sé, ¿tal vez salir corriendo sin avisarme?

Reí y me puse a mirar la luna, sabiendo que quedaba un día de refugio, me sumergí.

Abrí los ojos y lo único que había era oscuridad, otra vez sentí el sentimiento de vacío, miré alrededor y todo estaba oscuro: me había equivocado.

Venir aquí, no me iba a hacer feliz, no me iba a cambiar la vida, y fui un ingenuo por pensar eso: la tristeza te persigue hasta la muerte, pero no la muerte literal, la muerte de tus sentimientos: hasta que ya no sientes nada y estás vacío.

Salí del agua y miré a Layra.

— ¿Todo tiene fin?

Vi que estaba algo desconcertada por mi pregunta y se sentó en la arena.

— Sí, eso creo, ¿por qué?

— Si todo tiene fin, el sufrimiento también, ¿no?

Ella me miró, pero yo desvié la mirada: no quería una charla, no quería un regaño: simplemente quería una sola respuesta.

— Eh... supongo...

Suspiré y salí del agua, me senté en una piedra y miré al cielo, como siempre hacía, cuando quería sentir que todo estaría bien... cuando quería sentir a Logan.

— Chris... ¿Estás bien?

No la miré, pero asentí, sin saber si esta vez era verdad u otra vez mentía para escapar de la realidad.

Bajo las Estrellas PerdidasHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora