| Una noche feliz | XXIX

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Mónica y ella caminaron silenciosamente hasta el auto de la pintora.

No podía saberlo con exactitud, pues solo iluminaba al vehículo la luz de las farolas, pero creyó ver que ya no había abolladuras o desperfectos en él.

Mónica no le abrió la puerta, pero María Corina se deslizó dentro sin reclamar nada.

Le sorprendió ver que el interior del auto estaba completamente limpio, sin restos de pintura ni envoltorios de comida chatarra esparcidos por el suelo. Juraba que nunca había visto un auto tan impecable.

-. ¿Es nuevo? -, preguntó con cautela a la dueña de todos sus suspiros.

Mónica solo la miró con la sonrisa más falsa del mundo y negó lentamente con su cabeza. La escritora no dijo nada. No sabía si existían palabras adecuadas para ese momento.

En medio del silencio se dirigieron al restaurante de arepas donde habían compartido muchos especiales momentos. Una vez allí ocuparon la mesa del fondo, esa que todos ignoraban, y Mónica no parecía querer usar el lugar para hacer cosas malas.

-. Lo lamento. No tolero que me miren -, soltó con un débil susurro.

Y a María Corina se le destrozó el ya roto corazón, pues su pintora sin pudor jamás habría dicho algo como eso.

Pidieron la misma comida de siempre, pero no a Pablo el mesero. No era él quien se ocupaba de la parte olvidada del restaurante.

La mayor suspiró tristemente. Mónica ya no masticaba lentamente ni tragaba cómo si la comida hubiese sido hecha por los mismísimos dioses. Ahora masticaba muy rápido y tragaba de igual forma, y ni siquiera terminó una tercera parte de lo que pidió.

-. Come un poco más -, suplicó, pero Mónica se cruzó de brazos y se negó ante tal petición.

Y, aunque se lo pidió varias veces más, la pintora se negó a tocar su plato de nuevo. María Corina decidió imitarla, pidió la cuenta y se fueron.

-. Debiste comerte eso... Te enfermarás, Corina.

-. Tú también.

-. Yo ya no importo.

Y le habría gritado en medio de aquella calle iluminada solo por las farolas que si importaba, que no podía imaginarse un mundo sin ella, que aún había motivos para luchar, pero no pudo hacerlo.

Mónica se había rendido. Ella también.

Se había cansado.

Como María Corina había accedido a pasar el resto de la noche con ella, Mónica decidió llevarla a su departamento.

Durante el viaje, el cual fue más largo de lo normal, se permitieron hablar.

-. ¿Hubo otras? -, preguntó Corina con suavidad al detenerse frente a un semáforo en rojo.

-. No.

Pero, aunque María Corina esperaba una sonrisa, una extraña decepción apareció en los entristecidos ojos de su ex.

-. Mereces ser feliz, Corina -, le dijo tristemente -. Olvídame para siempre, por favor. Busca a alguien más.

-. ¿Por qué pides imposibles, Mónica?

Y es que la tarea de olvidarla jamás podría ser realizada, pues ella seguiría apareciendo en su mente, en su corazón y en las exposiciones de arte.

-. Porque me dijeron que sería imposible encontrar al amor de mi vida, pero de repente apareciste tú -, contestó con suavidad -... Nada es imposible, excepto lo imposible.

Shameless ©Donde viven las historias. Descúbrelo ahora