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𝘏𝘈𝘕𝘕𝘖
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Ninguno de los combates que he tenido me ha hecho sentir tan ansioso como este. Sé que el Emperador Geta es un cobarde, sin embargo, es un hombre que cumple su palabra. Durante la noche pensé en la probabilidad que tengo de ganar esta batalla, he dado lo mejor de mí y he convertido todo mi dolor y tristeza en un tornado que destruye todo a su alrededor.

—¿Estás listo? —pregunta Ravi, apoyándose en la reja.

—No sé exactamente lo que siento ahora —mi mirada se clava en el suelo. —Creo que el enojo y la tristeza no serán las únicas emociones que me acompañen en la pelea —

—¿A qué te refieres? —

—Miedo, tengo miedo —lo miro, sus cejas están arqueadas y tiene una expresión de confusión. —He perdido a muchas personas, pero imaginar que puedo perder a Annesha me está enloqueciendo, y no logro entender la situación —

—Quizás no necesitas entenderlo, y sólo aceptarlo —ahora soy yo quién está desconcertado. —Por la manera en la que te expresas de ella... diría que estás enamorado —

—¿Enamorado? —me levanto y camino por la pequeña celda. —Es la hermana de Arishat, ¿cómo podría estar enamorado de ella? —

—Estás a punto de hacer una locura, una muy grande, y solo para mantenerla a salvo —

—Lo haría por cualquiera que lo necesitara —más que convencer a Ravi, estoy intentando convencerme a mi mismo.

—Si tú lo dices —sonríe y eso me molesta un poco. —Te veré luego —golpea los barrotes y se aleja.

Ravi es un hombre bastante sabio, pero sus palabras sólo han logrado confundirme más. No puedo enamorarme de Annesha, lleva la misma sangre de la mujer que amé durante años. Sin embargo, la última mirada que me dió, ha invadido mis pensamientos día y noche, convirtiéndose en mi reminiscencia preferida.

Un par de guardias se acercan hasta mi celda, es hora.

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Sólo un pasillo y una enorme puerta me separan de la arena, respiro profundo y exhalo lentamente por la boca, liberando el miedo y los nervios que me pueden jugar en contra. La puerta se abre, doy un par de pasos adelante mientras me aseguro de que la armadura esté bien puesta.

Es curioso que el silencio reine en este sitio, no hay aplausos ni gritos eufóricos de los expectantes que disfrutan ver sangre derramada. Cruzo la salida y camino hasta el centro de la arena. Giro en mi lugar lentamente, tratando de ubicar a alguna persona en las gradas, pero no hay nadie.

Miro hacia el palco, el Emperador Geta está sentado, sosteniendo una copa llena de vino. Nuestras miradas se cruzan, sonríe y levanta la copa para después beber un poco del líquido rojo. No hay rastro de Acacius, ni tampoco del Emperador Caracalla, la única compañía de Geta es un par de guardias que cuidan sus espaldas.

—¡¿Estás listo?! —pregunta el pelirrojo desde allí arriba.

—¡Lo estoy! —respondo con mucha seguridad.

—¡Aquí tienes a mis mejores hombres, tal como lo prometí!—

Media docena de gladiadores salen por otra puerta, se acercan y me encierran en un círculo. Sus armaduras son mucho más gruesas y sus espadas afiladas brillan debido a su buena calidad.

𝘓𝘈 𝘊𝘌𝘓𝘋𝘈 𝘌𝘚𝘊𝘈𝘙𝘓𝘈𝘛𝘈 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora