𝘈𝘕𝘕𝘌𝘚𝘏𝘈
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La oscuridad se posa sobre la ciudad convirtiéndola en una tierra aún más peligrosa. Los maleantes aprovechan para robar lo poco que las personas íntegras logran adquirir, y los guardias salen en busca de más esclavos para usar a su conveniencia. La diminuta ventana me permite observar hacia el exterior, descubriendo que en esta noche hay más movimiento del habitual.
El chirrido de la pesada puerta de acero me hace mirar hacia la entrada de la celda, las comisuras de mi boca se levantan al descubrir quién ha entrado. Alza su mirada, mostrándome ese par de ojos cafés, redondos y brillosos. Me sonríe y toda la penumbra comienza a desvanecerse. Se acerca y coloca sus manos en mi cintura, luego sus carnosos labios aterrizan en mi frente.
—Estás sudando —susurra con un tono dulce, levanto ligeramente mis hombros apenada ante la situación que no puedo controlar.
—Hace mucho calor aquí —sus ojos comprensivos se deslizan sobre los míos, toma mi rostro entre sus manos y suspira.
—Pronto te irás —el tono dulce ha sido neutralizado por uno más afligido, rápido me doy cuenta de que algo no está bien.
—¿Por qué?, ¿qué ocurre? —me suelta y pasa su mano por todo su rostro, sus labios están tensos en una línea casi imperceptible.
—Convencí al general Acacius y a Lucila para que me ayuden a quitar del poder a mi hermano, pero justo cuando estábamos reunidos Caracalla llegó —bajo la mirada tratando de comprender la situación, visualizo sus pies moviéndose por toda la celda. —Les espera un trágico final —
—Quizá podemos hacer algo para impedirlo —se detiene y nuevamente nuestras miradas se encuentran, vuelve a acercarse y entrelaza sus manos con las mías.
—Me encargaré, pero primero debo ponerte a salvo —
—Quiero ayudarte, no pienso dejarte solo —lleva nuestras manos a su pecho que aún se mantienen entrelazadas.
—Y yo no pienso ponerte en riesgo, sólo dame unos días y prometo que estaremos juntos, pero sobretodo libres —
—Debí suponerlo —toda la claridad se ha extinguido en un abrir y cerrar de ojos, Caracalla está aquí junto con al menos una decena de guardias que no lucen nada amigables. —Ahora entiendo todo, dejaste de compartir tiempo conmigo para entregárselo a esta prostituta —Geta se pone frente a mí, protegiéndome, sin embargo mi corazón ha comenzado a latir muy rápido, es evidente que estamos en desventaja.
—No vuelvas a llamarla así —Caracalla suelta una risa malévola logrando que haga eco entre las cuatro paredes.
—Dijiste que juntos alcanzaríamos la gloria, ¡mentiste! —su expresión cambia repentinamente, ahora luce decepcionado y triste.
—Las cosas deben cambiar, ¿qué no te das cuenta?, nos hemos encargado de convertir a Roma en un infierno —el hermano malvado sacude la cabeza negando frenéticamente.
—¡No puedo entender cómo permitiste que esta prostituta te llenara la cabeza de patrañas! —me apunta y Geta me pega más a su cuerpo.
—Deja de llamarla así —amenaza Geta. —Nadie me llenó la cabeza de patrañas, yo mismo tomé una decisión —
—¿Qué decisión?, ¿Traicionar a tu hermano? —
—No me dejaste otra opción —
—Tienes razón, hay ocasiones en que no existe otra opción —Caracalla acompaña sus palabras con un gesto que los guardias reconocen y al instante dos de ellos se abalanzan sobre nosotros.
Uno de ellos golpea a Geta en el estómago y luego ambos lo arrastran hasta una esquina. Recuerdo que la única prenda que cubre mi cuerpo es una de esas túnicas traslúcidas que Geta me obsequió, así que cruzo mis brazos para intentar cubrir mis pechos. Caracalla me rodea, se acerca a mi cuello e inhala profundamente, me siento pequeña e indefensa, y la sensación se intensifica cuando Caracalla me abraza por detrás.
—¡¿Qué haces?! —exclama Geta.
—Tú mismo lo dijiste, tomaste una decisión, yo tomaré las mías —mi piel se eriza ante el terror que se ha adueñado de mí.
—¡Aléjate! —grita Geta pero el mismo guardia vuelve a golpearlo, esta vez en el rostro logrando que un chorro de líquido color escarlata brote de su boca y nariz.
—Estaba desesperado por presenciar la ejecución de Lucila y Acacius, pero creo que primero voy a entretenerme con ella —mi corazón golpea tan fuerte contra mi caja torácica que una fuerte presión comienza a crecer en mi pecho.
—¡No, déjala!, ¡en todo caso quién debe pagar por la traición soy yo! —mis lágrimas resbalan por mis mejillas y todo mi cuerpo tiembla, estoy muy asustada, sin embargo lo que realmente me duele es la expresión de Geta, es evidente que también está sufriendo.
—Y así será, serás ejecutado junto al general y su esposa, pero antes observarás como tomo lo que es tuyo, sé cuánto te gusta mirar y no tengo problema en que te quedes —Caracalla me toma de la cadera para pegarme más a su cuerpo, algo se enciende en mi interior y con mi codo lo golpeo tan fuerte que logro soltarme.
Intento acercarme a Geta pero antes de llegar un fuerte ardor se instala en mi cabeza, Caracalla me ha tomado del cabello y de un brusco movimiento me lanza hacia atrás. Se sube en mí a horcajadas y aprisiona mis muñecas por encima de mi cabeza. Aquellos hermosos ojos están a escasos centímetros de distancia, mantienen su brillo, aunque esta vez sea provocado por las lágrimas acumuladas.
—Entonces hermanito, ¿te quedas al espectáculo? —las manos frías de Caracalla ya se encuentran debajo de mi túnica, continúo defendiéndome aunque muy en el fondo sé que es inútil.
—Vete, por favor... —susurro mientras mis lágrimas se siguen desbordando, Geta niega y eso me invita a pelear con más fuerza.
—¡Ya escuchaste a la prostituta, quiere estar a solas conmigo! —
—Por favor hermano, no me hagas esto —clavo mis uñas en la mano de Caracalla y a cambio recibo un fuerte golpe en mi mejilla, veo negro y los ruidos se vuelven cada vez más distorsionados.
—No me dejaste otra opción.
Mi mirada se ha mantenido en el mismo lugar desde que Caracalla abandonó la celda. No tengo la menor idea de cuánto tiempo ha pasado, ni tampoco si es de día o de noche. Mi cuerpo está lo suficientemente adolorido para levantarme a observar a través de aquella pequeña ventana y en mi cuerpo ya no hay ni una sola gota de agua, pues mi llanto no ha parado.
La temperatura es baja y la túnica desgarrada permite que el frío penetre hasta mis huesos. Sigo temblando, sin embargo, no sé si sea provocado por el frío o por el miedo que ha permanecido conmigo y que amenaza con quedarse a mi lado para siempre.
Me niego a dormir, pues al cerrar los ojos lo primero que recuerdo es el rostro desencajado de Geta, sus ojos inundados de lágrimas y su mandíbula a punto de romperse por la impotencia de no poder ayudarme. Caracalla dió la orden de que lo sacaran de la celda y se lo agradezco infinitamente, no quería que estuviera presente cuando me lastimaron hasta el punto de desear la muerte.
No sé que fue lo que ocurrió con él, no sé si siga vivo o si su existencia ha llegado a su fin. La incertidumbre me tortura y el solo hecho de pensar que me ha dejado intensifica mis dolores internos y externos. Me incorporo en la cama, hay rasguños en mis piernas y en mis pechos, mis muñecas están enrojecidas y en mi abdomen hay una profunda marca de una mordida. Mi corazón detiene su ritmo y mis cicatrices dejan de arrojar lágrimas. El fuego se abre paso entre las grietas y lo único que puede sofocar el incendio es la venganza.
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ᴺᵒ ᵒˡᵛⁱᵈᵉˢ ᵈᵉʲᵃʳᵐᵉ ᵘⁿᵃ ᵉˢᵗʳᵉˡˡⁱᵗᵃ
Lamento haber desaparecido por tanto tiempo pero necesitaba un descanso. Quiero comentarles que a esta historia le quedan solo un par de capítulos más. He estado trabajando en otra historia más, es sobre Geta (solo con él) y estará disponible al terminar esta. Ya la pueden encontrar en mi perfil por si gustan agregarla a su biblioteca.
Lxs tqm 💖
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𝘓𝘈 𝘊𝘌𝘓𝘋𝘈 𝘌𝘚𝘊𝘈𝘙𝘓𝘈𝘛𝘈
Fanfiction«El Emperador Geta jamás imaginó que hubiese algo más tentador que poder gobernar el imperio de Roma. Y Lucio, nunca creyó que gozaría de ser esclavo de las fantasías que se escondían en lo más profundo de su ser.»
