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𝘌𝘔𝘗𝘌𝘙𝘈𝘋𝘖𝘙 𝘎𝘌𝘛𝘈
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La enorme esfera blanca se encuentra en su punto más alto, iluminando todo lo que hay debajo de ella. Una gran sonrisa me ha acompañado desde que el día comenzó, pues basta con recordar lo que pasó la noche anterior para que mi rostro sea igual de radiante que la luz de la luna.

Los brillantes ojos de Annesha se apagaron en el momento en que Hanno dió un paso hacia adelante, aceptando una propuesta que ante los ojos ajenos puede percibirse como indecorosa, pero ante los míos, fue todo lo contrario.

Por un momento creí que me volvería loco ante el hecho de que Hanno tocara su blanca piel y besara sus carnosos y deliciosos labios, pero no fue así, me gustó y volvería a cometer aquel acto “aberrante” todas las veces posibles.

Annesha es mía, lo supe desde el primer momento en que la ví, y por ello sé que detrás de esa apariencia angelical se esconde su verdadero rostro. Sus gustos son muy distintos a los de la mayoría, y eso la hace especial. No siempre se tiene la suerte de encontrar con quién compartir nuestra locura.

Me acerco hasta la ventana y aparto la cortina, mis invitados han llegado hasta mis aposentos. El general Acacius se asegura de que su caballo no vaya a darse a la fuga y Lucila, por su parte, acomoda la oscura prenda que esconde su identidad bajo la penumbra de la noche. Mis guardias más fieles tienen la indicación de traerlos hasta aquí sin que nadie se percate de su presencia, mucho menos Caracalla, no quiero imaginar la actitud que tomaría ante la situación.

—Emperador Geta, nos gustaría saber el motivo de esta pequeña reunión tan... precipitada —levanto la mirada y les sonrío.

—General Acacius, Lucila, lamento que mis guardias hayan interrumpido su sueño para traerlos hasta aquí, créanme cuando les digo que el motivo es de suma importancia —su expresión es de completa incertidumbre, y temo que contarles la verdad no será suficiente para cambiarles ese rostro desencajado.

—¿Dónde está su hermano? —sonrío de nueva cuenta, sabía que tarde o temprano me harían esa pregunta, pues nunca nos separamos. Doy media vuelta y camino hasta mi solio para sentarme.

—Él... no fue invitado —la frente de ambos se arruga y luego se miran entre sí.

—Pero ustedes no tratan ningún tema importante en ausencia del otro, ¿hay algo que no sepamos, Emperador Geta? —cuestiona Lucila mientras huele aquella diminuta rama de lavanda.

—Pasa que... quiero revocar a mi hermano de su título como emperador —

—¿Qué? —dicen al unísono, haciendo de sus voces solo una.

—Sé que ustedes están igual o incluso más cansados de la situación que enfrenta Roma, de observar como nuestras construcciones se bañan con la sangre de personas inocentes, de la injusticia, entre otras cosas —Acacius toma la mano de Lucila y esta aclara la garganta, interrumpiendo mis palabras.

—Espero que no tome a mal lo que voy a decir pero... hace poco usted gozaba de ver a esas inocentes personas ahogándose en la miseria —asiento una vez y me levanto, Acacius da un paso hacia adelante cubriendo a su amada.

—Lo sé, Lucila, sé que durante años fui parte de ese cruel gobierno, sin embargo, debo refutar lo que mencionas, jamás gocé del sufrimiento ajeno —

—Y entonces, ¿por qué nunca hizo nada? —

—Porque creí que debía respaldar a mi hermano, protegerlo, él solo me tiene a mí, y yo sólo lo tengo a él —mi mirada se clava en las largas y pesadas cortinas que cubren los ventanales. —Pero las cosas cambiaron con la llegada de los esclavos de Numidia —un pequeño suspiro sale de lo más profundo de mi interior.

𝘓𝘈 𝘊𝘌𝘓𝘋𝘈 𝘌𝘚𝘊𝘈𝘙𝘓𝘈𝘛𝘈 Donde viven las historias. Descúbrelo ahora