Hay una pequeña especie de aves que no se atreve a volar, es un legado de temerosos especímenes con miedo a las alturas, tan solo son una mancha que jamás fue dibujada en el cielo.
Es inimaginable el dolor de aquellas pobres criaturas, nacidas para dominar las alturas y navegar el océano que conforman las nubes, no hay una herida tan grande como aquella que provoca no poder hacer eso para lo que estás hecho, teniendo todo para ello, excepto el valor.
¿Quien va a sustituir el espacio que el universo te guardo en el horizonte? No hay esencia que pueda copiarse ni asemejarse si quiera a lo que le pertenece únicamente a uno mismo. ¿Será que para siempre ese lugar estará ahí para nosotros? Quizá el para siempre solo dura lo que le permitamos existir a un anhelo, tal vez un para siempre solo dura dos minutos.
Es imposible culparlos porque muchos de ellos lo intentan, pero al momento de la verdad sus alas tiemblan, pierden fuerza para derrumbarse en el momento, caída tras caída la duda ocupa el espacio de lo innato para desterrarlo del saber, terminamos por creer que somos un intento fallido y no las ganas de volver a intentarlo. Eso que nutre su mente es lo que domina sus alas, el peso del destino supera la gravedad, en lugar de elevarlos el viento los empuja hasta romper sus ilusiones y lastimosamente hay seres que el mundo no permite que sean, la realidad puede ser tan dura que la presión quiebra los temples más rígidos, aquel espíritu insaciable culmina siendo sosegado, las leyes de la física dictan que las abejas no pueden volar, sin embargo lo hacen, al mismo tiempo la fisionomía de estas aves determina que tienen una aerodinámica natural para el vuelo, sin embargo este grupo aislado no puede hacerlo.
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