14. Ser mujer es difícil

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Lunes, 13 de noviembre, 15:01
(Dos días más tarde)

Sara

Después de la monótona jornada laboral, una fila de hombres trajeados sale de la oficina. Levanto la mano y saludo al último integrante, quien se acerca a mí con asombro.

—Te quiero —me dice Elisa, asimilando mi presencia en la puerta de su trabajo.

—Y yo a ti. —Le ofrezco la bolsa de gominolas que acabo de comprar en el kiosco de la esquina.

Ella agarra un puñado de regalices para el camino de regreso a casa.

—¿Me perdonas? —pregunta tras recorrer unos cuantos metros.

Frunzo el ceño.

—¿Qué te tengo que perdonar?

—El sábado me porté fatal.

Sacudo la cabeza.

—Es normal que estés triste y enfadada.

Escucho su suspiro.

—Esto está siendo muy difícil.

—Lo sé. Pero lo superarás. Y te prometo que volverás a enamorarte.

Niega.

—Ser mujer —me corrige—. Ser mujer está siendo muy difícil.

Detengo el paso. Elisa también para de andar antes de decir:

—Las cosas que hice durante años para ser una buena novia y una buena amiga no han servido de nada. De repente fue demasiado fácil convertirme en la novia a la que engañan y en la amiga cruel que actúa por despecho.

—Eli...

—No es justo, Sara. A los chicos les basta con hacer lo mínimo para ser considerados hombres perfectos, mientras que a nosotras se nos exige lo imposible. Y aún así, no aspiramos a la perfección como ellos, sino a demostrar que no somos malas ni tontas.

Pestañea. Desvía la mirada hacia el entramado de adoquines que cubre la acera.

—¿Por qué tengo que esforzarme tanto? —murmura—. ¿Y por qué es todo tan frágil? Como si al primer fallo, ya no valiera. Como si...

—Nunca fueras suficiente.

Alza la cara y yo abro los brazos.

Dicen que el dolor compartido duele menos. En este caso no es cierto. Duele que su realidad sea la mía. Y duele todavía más saber que no somos la excepción. Somos la norma.

—En el fondo esto tiene que tener algo bueno, ¿verdad?

La estrecho con fuerza. Mi voz tiembla cuando respondo:

—Claro.

—¿Qué será?

—¿El qué?

—Eso que hace que ser una chica merezca la pena. ¿Qué crees que es?

—¿Convertirte en madre? —dudo.

—No, tiene que ser algo más sencillo. Algo que...

Suspiro.

—No lo sé.

Elisa termina el abrazo y se incorpora.

—¿Sabes qué? Que da igual que no lo sepas. Tú y yo lo vamos a descubrir. —Me da la mano. Reanuda el camino—. Ya verás, un día nos miraremos y pensaremos: «No cambiaría esto por nada del mundo. Pese a todo, me encanta ser mujer».

La observo mientras la sigo. Ya no logro ver tristeza, solo valentía.

—La mujer perfecta sí existe, Eli —afirmo—. Para mí tú lo eres.

Me mira. Esboza una tímida sonrisa.

—Gracias, Sara. Por todo.

Sonrío.

—Hicimos un trato, ¿recuerdas? Nos tocamos las tetas y eso significa que nos tendremos siempre la una a la otra.

Se ríe.

—No se me había ocurrido antes, ¿pero y si las tetas son la razón por la que merece la pena ser una mujer? Piénsalo, son suaves y bonitas. Son una buena razón.

Me echo a reír junto a ella.

Estoy segura de que las tetas no son el motivo de nuestra existencia, pero da lo mismo porque, de pronto, son la causa de que haya vuelto a escuchar la risa de mi mejor amiga. Y eso, ahora, es lo único que me importa.

Desde siempre fuimosDonde viven las historias. Descúbrelo ahora