Epílogo

40 5 1
                                        

El tiempo pasó, las heridas sanaron y quedó solo lo bueno que supimos formar en medio del caos.

Joe y yo nos mudamos a una hermosa casa en Walworth, un punto intermedio entre Londres y Brixton. Ahí es donde comenzamos nuestra nueva vida, una en la que somos parte de una inmensa familia, donde cada mañana luce como una hermosa oportunidad.

Armamos para Nat una habitación con temática del espacio, que Joe, Paul y Diego tardaron casi un mes en terminar de pintar... Hombres, cerveza y pintura no es la mejor combinación, pero luego de varios fines de semana terminaron de decorar y alistar todo para que Nat tuviera su espacio propio dentro de nuestra casa.

Paul y Rosie se casaron en cuanto el pequeño Hunter cumplió ocho meses, en una casa en las afueras de Londres. Fue una boda sencilla y hermosa, en la que festejamos su amor, bailamos hasta el amanecer y sí, quizás bebimos más de lo normal.

Mi hermana y yo por fin pudimos tener una buena relación... o algo parecido. Descubrimos que tenemos más cosas en común de las que pensábamos: las dos amamos el frío, el helado de fresa, las películas estúpidamente románticas y el carácter... Joe dice que las dos somos como un tornado y un huracán. Juntas, un desastre aun mas peligroso. Eso somos las hermanas Danvers.

A veces pienso en todo el tiempo que perdimos, en esa infancia maravillosa que podríamos haber tenido, en todos los momentos en que tener una hermana podría haber sido algo hermoso en vez de una pesadilla.

Nos une el amor, como dice Darcy. El amor hacia el mismo hombre: mi novio y su hermano, quien siempre queda en medio de nuestras disputas.¿Quién tiene más peso? ¿Hermana o novia? Joe aún no lo define, aunque sé, muy en el fondo, que yo siempre ganaré.

Mi padre volvió a la agencia junto a Roger, de la mano de los tres futuros herederos: Joe, Darcy y Fred. En cuanto a mí, preferí dejar a la familia como familia y no hacer que el tornado y el huracán se junten en una misma oficina.

Por el bien de todos.

Cedí mi parte a los tres por igual y me dediqué a mi clínica, mi amado lugar de trabajo, junto a mis amigos, que es lo que siempre soñé. Ghost y Lady me acompañan siempre; son los guardianes del pequeño Hunter y los mimados de los clientes, que no pueden pasar sin antes darles un poco de afecto.

Mi amigo Diego, al parecer, está echando raíces, madurando de a poco. Siempre será ese loco que hace que Paul pierda la paciencia, pero el hecho de estar en pareja, al parecer, lo está haciendo cambiar. Jane es la mujer con más paz interior que conocí en toda mi vida. Es justo lo que necesita Diego, alguien que lo baje a la tierra de alguna forma.

La vida se acomodó y el pasado quedó atrás. Las personas que debían irse, se fueron, y quienes quisieron y merecieron quedarse, se quedaron.

Hoy es mi cumpleaños número veintiocho. Toda la familia llegó a casa para una cena especial y verlos a todos juntos aún sigue emocionándome. Nunca fui parte de una familia amorosa, y nunca imaginé que, algún día, el torpe de Joseph Levan me daría una. Pero lo hizo. Ambos nos dimos lo que el otro necesitaba sin pedirlo. Él me hizo mejor persona, me demostró que era valiosa, que no tenía motivos para ocultarme detrás de ninguna pose, que ser yo misma era suficiente para quienes me quieren de verdad.

—¿En qué piensas? —preguntó Joe, abrazándome por detrás en mi momento reflexivo.

—Solo me tomé un momento para agradecer a la vida —acaricio su rostro, que descansa en mi hombro.

—Bueno, no nos la hizo tan fácil...

—Pero todo lo que vivimos nos trajo aquí, y que no haya sido fácil lo hace valer el doble.

—Siempre tienes razón —deja un beso en mi mejilla y se aleja—. Perdón, es que ya sabes... —bajo la mirada y veo cómo su cuerpo reaccionó a nuestra cercanía—. Fue tu culpa, tu trasero es tan genial —sonrío al verlo intentar ocultar su erección como un adolescente.

—Mejor volvamos con los demás —intento tomar su mano, pero me detiene.—Feliz cumpleaños, preciosa —me entrega un sobre negro.

—Joe... —me quedo muda al ver el contenido. Es una foto de nosotros cuando éramos pequeños. Yo apenas caminaba y él era un niño hermoso con rulos color miel, tomándome de la mano con dulzura y una sonrisa enorme.

—Me pasé la tarde de ayer en tu casa buscando eso. Andrew me comentó de la existencia de esta foto y necesitaba dártela —traga saliva antes de continuar—. ¿Recuerdas que dijiste que estábamos unidos como un imán? —Asiento—. Mamá me contó, cuando estabas en el hospital, que de niños tú y yo éramos inseparables, que te cuidaba... y bueno, ese es el recuerdo de eso mismo. En efecto, sí, siempre estuvimos unidos.

—Eras lo más tierno que vi en mi vida. Mira tu cabello, Joe.

—¿Era? —Ladea la cabeza y me lanzo a sus brazos.

Esto es el final de la tormenta. Aquella que nos hundió hasta lo más profundo para resurgir con más fuerza. La que nos transformó en personas nuevas y nos hizo ver el mundo con otros ojos.

Joe fue mi tormenta y hoy es mi paz. 

 

¡Ay! Esta imagen no sigue nuestras pautas de contenido. Para continuar la publicación, intente quitarla o subir otra.
ImánDonde viven las historias. Descúbrelo ahora