rescate

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El reloj marcaba las 2:17 a.m. Andrés ajustaba el chaleco bajo su chaqueta y revisaba por última vez los documentos digitales en su celular. Estaba listo para entregarse, al menos así lo sentía. Sabía que Tamayo no confiaría si no lo veía a él.

Alicia lo observaba desde el umbral de la cocina. Se acercó, con los ojos húmedos y la voz temblorosa.

—No puedes hacer esto, Andrés. No así.

—Es la única forma de que Sergio salga vivo, Alicia. Él no aguanta un día más ahí.

—¡Pero tú tampoco lo vas a aguantar allá dentro! —gritó ella, sin poder contenerse—. ¿Y si Tamayo no cumple? ¿Y si solo dispara?

Andrés la miró. Se veían tan cansados, tan rotos, tan agotados de huir, de mentir, de sobrevivir. Pero ahí estaban. De pie.

—Entonces será mi última apuesta —dijo él con suavidad.

Alicia lo agarró de la chaqueta, lo obligó a mirarla.

—No puedes dejarme así. Yo te necesito, Andrés. ¿Lo entiendes? No es solo por Sergio. Es por mí. Es por todo lo que nos queda pendiente.

Andrés intentó decir algo, pero ella no lo dejó. Lo besó. Con desesperación. Con miedo. Con amor.

—Quiero una vida contigo. Aunque sea en un rincón del mundo. Aunque no tengamos nada. Pero contigo. No me quites esa esperanza.

Él cerró los ojos. Por un momento pensó en rendirse al deseo de quedarse. Pero recordó a Sergio, a Raquel, al fuego en los ojos de Tamayo, y supo lo que debía hacer.

—Confía en mí —susurró—. Solo esta vez más.

Alicia lo abrazó con fuerza, él cordespindio feliz de tenerla nuevamente entre sus brazos, adoraba a esa mujer, luego le entregó una pequeña memoria USB con una copia del informe Sierra Azul y un número marcado: el periodista más temido del país.

—Si pasa algo... haz que todo esto reviente. Con mi nombre, si hace falta.

Andrés la besó una última vez y se fue.

El camino al encuentro fue bastante silencioso,Raquel estaba agradecida con Andrés y no debía decirlo porque este ya lo sabía.

-Todo saldrá bien, volveremos todos a casa.- Raquel asintió, cargo el arma antes de bajar del coche.

Era un almacén abandonado en la periferia. Las luces tenues. Silencio cargado. Dos autos frente a frente.

De un lado, Raquel, con un chaleco antibalas bajo su abrigo, el teléfono en la mano y una pistola escondida. Andrés, junto a ella, sereno.

Del otro lado, Tamayo bajó con dos hombres de confianza. Sergio estaba ahí. De pie, apenas sostenido por uno de los custodios. Destrozado, pero vivo.

Tamayo dio dos pasos.

—Aquí está. Tal como pediste. Ahora dame a Defonollosa.

Raquel no respondió. Solo asintió. Andrés se adelantó unos pasos, con las manos en alto.

Pero entonces, Tamayo hizo un gesto leve con la mano.

Uno de sus hombres levantó el arma.

—¡Alto! —gritó Alicia, apareciendo desde un costado con un dron encendido. En la pantalla del dron se veía un live stream transmitiendo a redes sociales.

—¿Querías jugar, Tamayo? Jugamos.

El rostro del coronel se desfiguró.

—¡¿Qué es esto?!

—Es Sierra Azul, en directo. —dijo Andrés con una sonrisa malevola—. Ya lo vieron miles. Y si disparas ahora, no solo quedarás como asesino, quedarás como lo que siempre fuiste: un cobarde encubierto detrás de medallas robadas.

Tamayo respiró agitado. Miró a Sergio. Miró a Andrés- Hijos de puta, hijos de puta.- estaba rojo de la rabia

-Tamayo, te metiste con las personas equivocadas.- hablo Alicia bastante furiosa.- Dile a Suárez que me debe algo.- Puto imbécil.

Tamayo se quedó allí, jadeando, viendo cómo lo destruían sin disparar una bala. Sierra Azul ya no era un secreto. Y él, desde esa noche, dejó de ser intocable.

......

El coche subía por una vía rural, entre bosques espesos y caseríos dispersos. Alicia conducía con firmeza, los nudillos blancos. En el asiento trasero, Raquel abrazaba a Sergio, que sangraba aún por la comisura del labio. Andrés, en el asiento del copiloto, revisaba su móvil cifrado.

—¿Nos siguen? —preguntó Alicia.

—No lo sé —dijo Andrés—. Pero ya no importa. Lo de Sierra Azul está publicado. Hay copias en nubes cifradas, foros, y mandamos el enlace a cinco periodistas en El País, elDiario.es y La Sexta. Esto va a estallar.

Raquel apretó los dientes.

—Ojalá se hunda, el hijo de puta.

Acaricio el rostro golpeado de Sergio y comenzó a sollozar de dolor, verlo así la rompía.

**

Madrid – Amanecer

Tamayo entró a su despacho en el Ministerio del Interior. Un joven asesor lo esperaba, pálido, con una tableta temblorosa.

—Señor... esto se ha viralizado —susurró Suárez viéndolo.

Tamayo tomó el dispositivo. En pantalla:

EXCLUSIVA: Archivos del operativo secreto "Sierra Azul" revelan uso desproporcionado de la fuerza en 2016. Muertos civiles. El coronel Luis Tamayo, implicado directamente.

Varios medios internacionales piden respuesta del gobierno español. Amnistía Internacional exige investigación inmediata.

En directo desde Moncloa: la ministra del Interior convoca rueda de prensa urgente.

Tamayo se dejó caer en la silla. Afuera, escuchaba pasos acelerados. El secretario general del PSOE acababa de pedir públicamente su dimisión. Las cámaras ya estaban en la puerta.

—Estoy acabado —murmuró.- Esos hijos de puta me han acabado, hijos de puta!!! Todo por culpa tú culpa, imbécil.- señalaba a Suárez.

Tamayo dejaba de ser el político poderoso y pasaba a ser un don nadie. Sergio seguía convaleciente y Raquel desesperada,pero solo quedaba esperar.

La casa estaba en silencio, solo el suave crujir de la madera vieja y el viento colándose por alguna rendija. Raquel no podía despegar la mirada del cuerpo de Sergio, tendido en la cama. Su respiración era débil, casi un susurro. La fiebre lo consumía y la sombra de la incertidumbre pesaba en cada instante.

Raquel se sentó a su lado, tomando su mano con delicadeza. Sentía el pulso irregular, la fragilidad de su amigo, y eso la llenaba de un miedo profundo.

—Por favor, aguanta, Sergio —susurró, con la voz quebrada—. No puedes dejarme ahora. Te necesito... y todos te necesitamos.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero no dejó que cayeran. Se obligó a mantener la calma, a ser fuerte por él. Le acarició el pelo con suavidad, tratando de transmitirle toda la fuerza que le faltaba.

Los minutos pasaban lentos, eternos.

De repente, un leve movimiento en la cama la hizo mirar con urgencia. Sergio abrió lentamente los ojos, desorientado, pero consciente.

—Raquel... —susurró con voz débil—. ¿Estás aquí?

Ella dejó escapar el aire que contenía, entre lágrimas y alivio.

—Sí, aquí estoy,mi vida —dijo, apretando su mano—. Te has despertado, Sergio. Estarás bien, mi amor.- lo beso con cuidado.

Sergio intentó sonreír, y aunque débil, esa sonrisa fue un milagro para Raquel. En ese instante, supo que la esperanza seguía viva.

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