Alicia
Andrés estaba dormido en el sofá, se veía débil, había esforzado mucho a su cuerpo. Su camiseta estaba manchada de sangre, la alce un poco y vi que los puntos de habían saltado.
—Joder!!!..
Me levanté rápido y busqué el botiquín, lo moví un poco y sonrió viéndome
—Si me das un beso, voy a estar bien.
—Dejate de tonterías, y déjame comerte.
Él tomo mi mano y me tumbo a su lado, de un momento a otro nos estábamos besando, pero mi cabeza solo estaba puesta en su herida.
—Andres,déjame curarte...por favor.
Sonrió y asíntio viéndome con cariño, lo amaba no quería que le pasara nada. Terminé de curar su herida y lo bese,me subió encima de él y no me negué.
Me incliné sobre él sin pensarlo. Lo besé con fuerza, con rabia, con ese miedo que se transforma en deseo. Él me atrapó la cintura con una mano y me tumbó encima de su cuerpo herido sin importarle nada. No me detuve. No me importó la sangre ni los puntos, solo que él estaba vivo y me deseaba.
Nos devoramos como si no fuéramos a tener otra noche.
Sus labios bajaron por mi cuello, su lengua dejó rastros calientes que me hicieron arquear la espalda. Le quité la camiseta de un tirón, sin cuidado, y él me desnudó como si ya no pudiera contenerse. Su boca bajó por mi pecho mientras sus dedos se deslizaban dentro de mi ropa interior. Gemí contra su cuello.
—Hazlo —susurré, con los labios ardiendo—. No pares.
Se incorporó apenas, lo justo para bajarse el pantalón con una urgencia que me volvió loca. Me senté sobre él, lo guie dentro de mí sin esperar permiso. Mis caderas empezaron a moverse con hambre, y sus manos me sujetaron como si fuera a romperme. Me cabalgué sobre su herida, sobre el dolor, sobre el miedo.
—Joder, Alicia... —murmuró contra mi oído—. Así quiero morir.
—No vas a morir, idiota —le respondí entre jadeos—. Vas a vivir para seguir haciéndome el amor así.
El sofá crujía debajo de nosotros, mi pelo caía sobre su cara mientras él se aferraba a mi cuerpo. Lo sentía dentro, palpitando, creciendo con cada embestida desesperada. Estábamos sudando, gimiendo, perdiéndonos en el otro. Nada más existía. Solo él. Solo yo. Solo esa guerra de piel.
Y cuando llegó, se vino con un gemido ronco que se mezcló con mi grito. Nos abrazamos fuerte, sin decir nada. Su pecho subía y bajaba bajo el mío, jadeante, tembloroso. Lo besé con la frente apoyada en la suya.
—Así me gusta verte —le dije, sonriendo, con las piernas aún temblorosas—. Todo mío.
Él rió, cansado, victorioso.
—Siempre tuyo, aunque me cueste la vida.
Acaricio mi rostro con devoción,con miedo a perderme.
Raquel
Sergio estaba inconsciente otra vez.
La calma artificial del monitor no lograba tranquilizarme. Mi miedo crecía con cada segundo que pasaba sin verlo abrir los ojos. Aunque la herida en su abdomen ya había sido cosida, los moretones en su rostro seguían allí: oscuros, crueles, recordándome cuánto había sufrido.
Me dolía verlo así.
El hombre que amaba —fuerte, valiente, testarudo— ahora yacía inmóvil, vulnerable, indefenso. Y yo solo podía sentarme junto a él, sostenerle la mano, y rogar que no me lo arrancaran de la vida.
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Adictos
Fiksi Penggemar"Las adicciones son malas,pero tú eres una adicción estupendamente deliciosas"
