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La recuperación fue lenta pero segura.

El tiempo hizo de las suyas ayudando a Baji. Al principio todo fue cuesta arriba. Haber estado en coma durante tantos meses dejó cicatrices profundas, no solo en su cuerpo, también en su espíritu. Una de las secuelas más duras fue volver a caminar.

Cada paso era una batalla. Las secciones de fisioterapia lo dejaban exhausto, con el pecho agitado y el sudor bajando por su cuerpo. Y sin embargo, ninguna cicatriz de sus antiguas batallas dolía tanto como esa sensación de impotencia de poder mantenerse de pie y caer, una y otra vez. Como si su cuerpo se negara a cooperar.

Él, que siempre se había mostrado como un hombre fuerte, invencible, que enfrentaba el mundo con astucia y sin miedo, ahora se sentía completamente inútil. Se desesperaba al ver cómo algo básico como el equilibrio no era capaz de controlar. En las noches, cuando el silencio gobernaba el hospital y la habitación se volvía demasiado grande para sus pensamientos, se maldecía a sí mismo. Apretaba los dientes, los puños cerrados contra las sábanas, deseando romper esa debilidad con pura voluntad.

Pero, a pesar de todo, cada mañana traía un milagro.

Cuando los primeros rayos del sol iluminaban Japón y entraban a su habitación, Baji no despertaba solo. A su lado, con una sonrisa paciente en los labios, estaba Chifuyu. Lo miraba como si no hubiese nada roto en él. Como si aún fuese el mismo de antes, aunque ahora caminaba más lento y con la respiración agitada.

Y en esos momentos, Baji recordaba que, aunque su cuerpo vacilara, su historia aún no había terminado.

Pasaron semanas. Los progresos eran lentos pero constantes. No se rindió. No podía hacerlo; cada vez que miraba a Chifuyu, siempre a su lado, sonriendo y con una mano sobre su vientre hinchado. Debía hacerlo por ellos. Mucho menos cada vez que escuchaba cómo decía:

—Un paso más, solo un paso más.

Un día cualquiera —uno que para Baji sería uno más en esa batalla— logró cruzar la sala sin ayuda. No fue perfecto; las piernas le temblaban y los ojos llenos de lágrimas. Pero al alzar la mirada al final del camino, ahí estaba Chifuyu esperándolo con los brazos abiertos y su vientre mostrándose; supo que ese momento quedaría grabado en su mente.

Poco después, los médicos le dieron de alta.

La salida del hospital no fue triunfal como en las películas, pero sí profundamente simbólica. El sol acariciaba sus rostros mientras bajaban los escalones, paso a paso. Chifuyu caminaba a su lado; resultaba gracioso porque él quería ayudar a Chifuyu a bajar los escalones y Chifuyu lo ayudaba a él. El chofer metió sus cosas dentro de la cajuela.

Volver a casa fue extraño; todo estaba bien, pero a la vez todo estaba cambiado.

—Por fin en casa —le susurró Chifuyu, que todo el camino permaneció recostado sobre su hombro. Con las manos entrelazadas, ahora el calor era diferente. Se sentía vivo, y que Baji por fin estaba ahí.

Desde la entrada estaban todos sus empleados esperando para recibirlo. Al ver cómo Baji bajaba del auto, algunos no pudieron evitar llorar. Por fin su jefe había vuelto a casa. Baji soltó una risa al verlos, pero se sintió cálido.

Cada cosa era como la última vez que estuvo ahí. Con el aroma de Chifuyu en todo el lugar, se notaba cómo fue que Chifuyu mantuvo el lugar como siempre, con esa sensación de hogar, y lo había logrado.

Sin poder esperarlo, abrazó a Chifuyu con fuerza, ocultando su rostro entre el hueco del cuello, inhalando del aroma. Olía tan bien. Olía a hogar. Chifuyu era su hogar. Y a ese hogar se agregaba un nuevo integrante.

perfect | BajifuyuDonde viven las historias. Descúbrelo ahora