Entonces quise salir corriendo.
Huir. Desaparecer.
Pero no era solo eso… mi corazón dolía, y podía escucharlo romperse en el silencio, segundo a segundo, como si nadie más lo notara.
Las personas pasaban frente a mí.
Una tras otra.
Cada una encerrada en su propio mundo, en sus urgencias, en sus pequeñas batallas invisibles. Sobreviviendo… sí, supongo que así vivimos.
Muy pocos —tan pocos que podría contarlos sin esfuerzo— llevaban el rostro en calma.
La mayoría resoplaba, con el entrecejo fruncido, corriendo de un lado a otro… como si llegar tarde fuera una forma de existir.
Y entonces algo en mí se quebró distinto.
Y me pregunté…
¿Por qué hacemos de la vida algo tan pesado?
¿Hacia dónde estamos corriendo con tanta prisa?
¿En qué momento dejamos de mirar lo que sí tenemos… lo que sí logramos… lo que todavía somos capaces de sostener?
¿Qué pasaría si, por un instante, nos quedáramos quietos?
Si miráramos lo que hay.
Si aceptáramos lo que somos, aquí, ahora.
¿Podemos cambiar el rumbo… o solo estamos intentando no perdernos del todo?
¿Lo lograríamos?
¿O estamos simplemente repitiendo días que no entendemos?
Y en medio de todo eso, la pregunta más cruda: ¿Qué es lo que nos levanta cada mañana?
Demasiadas preguntas. Un silencio lleno de respuestas que no llegan. Y yo…
ni siquiera puedo responderme.
