Para el resto del mundo, la llegada de Samanta a el Palacio de la Zarzuela fue un acto de absoluta filantropía real. Los periódicos de la época retrataron al Rey y a la Reina sosteniendo a una pequeña de dos años, de ojos oscuros y mirada perdida, rescatada de un desamparo total. Pero la verdad de nuestra historia comenzó en la penumbra de los pasillos de palacio, lejos de los flashes.
Samanta
Mis primeros recuerdos no tienen palabras. Solo tengo la sensación de un miedo atroz a la inmensidad de los techos altos y al silencio sepulcral de la noche. Todos pensaban que dormía plácidamente en mi cama rodeada de los peluches gigantes que me habían regalado para darme la bienvenida, pero en cuanto las luces se apagaban y los pasos de la guardia se alejaban, yo me escabullía.
Atravesaba el frío suelo de mármol hasta el cuarto de Leonor. Ella, siendo apenas una niña unos años mayor, abría sus sábanas sin decir nada. Me refugiaba en sus brazos, aspirando su olor a limpio. Ella me dio mi primer nombre, ella me enseñó a hablar susurrándome historias al oído para que no llorara.
-Siempre vas a ser mía, Samanta -me decía en la oscuridad, acariciándome el pelo-. Yo te salvé. Aquí nadie te va a hacer daño.
Crecer a su sombra fue un arma de doble filo. Mientras yo me convertía en una adolescente rebelde, refugiada en el fútbol y en una actitud desafiante para lidiar con el peso de ser "la hermana adoptada", Leonor se transformaba en la perfecta heredera. Cuando se marchó a Gales a estudiar el bachillerato internacional en el UWC Atlantic College, sentí que me arrancaban la mitad del pecho. Tenía doce años, una edad difícil, y me molestaba cada carta, cada videollamada formal. El palacio se volvió una cárcel sin ella.
Cuando regresó, justo después de que las restricciones del COVID-19 comenzaran a disiparse, ya no éramos las mismas niñas. El reencuentro en su habitación, un mes antes de que ella tuviera que partir hacia su formación militar, encendió algo que llevaba años cocinándose en el secreto de nuestras noches. Ya no eran solo abrazos de consuelo; eran besos robados, manos que reconocían el cuerpo de la otra con una urgencia desesperada, y unos celos posesivos que Leonor intentaba camuflar bajo el escudo de las "reglas de protocolo".
(...)
Leonor
Mantener la compostura pública se volvió una tortura cuando Samanta cumplió los quince y yo ya estaba inmersa en mis obligaciones institucionales. Ella era un torbellino: apasionada, grosera a veces, hermosa de una manera salvaje que me nublaba el juicio. Mi deber me llamaba a la Academia General Militar de Zaragoza, a la disciplina y al orden, pero mi mente se quedaba atrapada en las madrugadas en las que regresaba a Madrid, a veces con un par de copas de más tras salir con amigos, solo para meterme en su cama y sentir su sumisión y su entrega.
Creamos un mundo paralelo. Un mundo donde las estrictas normas de mis padres y la mirada inquisitiva de mi hermana Sofía no existían.
Nuestra verdadera libertad la conquistamos en los veranos y en las escapadas que planeábamos al milímetro, burlando a veces la estricta seguridad o arrastrando a los escoltas a pactos de silencio absoluto. Recuerdo el concierto en Madrid de una famosa banda de K-pop a la que Samanta adoraba; nos mezclamos entre la multitud con gorras, mascarillas y sudaderas gigantes. En medio de la marea de luces y música alta, protegidas por la oscuridad y el ruido, le tomé la mano. Nadie miraba a la Princesa de Asturias; solo éramos dos chicas perdiéndose en la noche. Samanta me miró con los ojos brillantes, se alzó un poco y me besó rápidamente en los labios, un beso con sabor a adrenalina y secreto.
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One short
Fanfictionson historias que se me vienen y son cortas, aprte de sus pedidos
