Clara Serrajordi

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Atención:
•Wlw (como siempre)

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Narrador

El aire de la Ciudad Deportiva Joan Gamper parecía cortarse con un cuchillo cada vez que Valeria León y Clara Serrajordi coincidían. Valeria, con su melena larga perfectamente peinada, sus vestidos entallados que dejaban ver las enredaderas de tinta negra en su espalda y su perfume de sándalo, se paraba en la zona de familiares como si el club le debiera algo. Tenía veintiún años, uno menos que Clara, y una frustración que le carcomía las entrañas tras haber dejado el fútbol por una lesión que aún le dolía en el alma.

Clara, que vivía por y para el orden táctico del Barça, no soportaba la displicencia con la que Valeria trataba el entorno. Una tarde de octubre, tras un entrenamiento duro, el choque fue inevitable en los pasillos vacíos.

-¿Te pagan por estorbar en la entrada o es solo un pasatiempo, Valeria? -soltó Clara, deteniéndose con la bolsa de deporte al hombro y los ojos entornados.

Valeria ni se mutó. Se despegó de la pared despacio, ajustándose la correa de su bolso con una sonrisa cargada de veneno.

-Vaya, la capitana frustrada tiene algo que decir -replicó Valeria, barriéndola con la mirada de arriba abajo-. No me pagan, Serrajordi. Pero ver cómo os matáis por noventa minutos de gloria barata me parece un entretenimiento excelente.

-No hables de lo que no entiendes -dio un paso al frente Clara, tensando la mandíbula-. Tú lo dejaste porque era más fácil dar pena en Zaragoza que romperte la cara por volver a un campo. Eres una cobarde con ropa cara.

Valeria se congeló. El color desapareció de sus mejillas, reemplazado por una furia ciega. Se acercó tanto a Clara que sus respiraciones se mezclaron.

-No tienes ni la más mínima idea de lo que pasé, niñata consentida -siseó Valeria, con la voz temblando de rabia-. Te crees una diosa porque la prensa te lame los pies, pero solo eres una marioneta rígida que se romperá en cuanto sople un viento fuerte. No te soporto.

-El sentimiento es mutuo, León. Haznos un favor a todos y no vuelvas.

(...)

Clara

Nuestras charlas no eran conversaciones; eran tiroteos. Ella buscaba mi yugular y yo su talón de Aquiles. Un viernes por la noche, Mapi nos obligó a cenar juntas en un restaurante de Barcelona para intentar limar asperezas. Fue un error catastrófico. Mi hermana se levantó un momento al baño, dejándonos solas bajo la luz tenue de las velas.

-Deberías pedirte el pescado, Clara -dijo Valeria, jugando con su copa de vino, con los labios pintados de un rojo oscuro que resultaba insultantemente magnético-. No requiere masticar mucho, ideal para gente que no arriesga nada en la vida.

-¿Puedes dejar el sarcasmo cinco minutos? -le pedí, frotándome las sienes-. Es agotador estar en la misma habitación contigo. Todo el tiempo a la defensiva, todo el tiempo atacando. ¿Qué te hice yo?

-Existir -soltó ella, mirándome fijamente-. Existe tu perfección, tus entrevistas donde nunca dices nada malo, tu maldita cara de buena chica. Me enferma la gente hipócrita.

-¿Hipócrita yo? -me reí, sin pizca de gracia, apoyando los codos en la mesa-. Yo trabajo por lo que tengo. Tú, en cambio, estás resentida con el mundo porque te dio miedo volver a fracasar. Es más fácil odiarme a mí que admitir que te mueres por volver a calzarte unas botas.

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⏰ Última actualización: 7 days ago ⏰

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