Alexia tenía apenas ocho años cuando el mundo se sentía simple, reducido a la calidez de su padre y a las tardes de juegos en los parques de Mollet del Vallès. Aquel día, mientras cuidaba de su hermana menor, una niña de dos años, torpe y de mirada intensa, apareció de la nada y empujó a la pequeña. El llanto estalló, seguido de una rabieta infantil.
Alexia, con ese instinto protector que la definiría siempre, cargó a su hermana y se refugió bajo el brazo de su padre, dejando a la pequeña desconocida llorando sola en la tierra.
Mollet era un pañuelo. Su madre, Eli, llegó a cruzarse con la familia de aquella niña más de una vez; sabía quiénes eran, conocía la severidad con la que criaban a su hija, pero nunca le tomó importancia.
El tiempo pasó de prisa. Ambas niñas crecieron ligadas por una misma obsesión: el balón. Pero el destino no reparte las cartas con la misma generosidad. Mientras Alexia escalaba con un talento innato, la otra chica -dos años menor- crecía bajo el yugo de una familia que no veía en el deporte una pasión, sino una inversión, un boleto hacia el estatus.
En 2012, el mundo de Alexia se derrumbó con la muerte de su padre. En medio del luto, se refugió en el FC Barcelona. Fue entonces cuando la familia de la menor vio la oportunidad de oro. Presionaron, insistieron y le rogaron a Eli que intercediera. Eli, con el corazón blando, le pidió el favor a Alexia.
-Hazlo por mí, Ale. Dale una oportunidad en el club -le suplicó.
Alexia aceptó por puro amor a su madre, pero la convivencia fue un infierno de silencios tensos. Cuando la menor cumplió los 18 y pisó el vestuario del primer equipo, el odio mutuo era palpable. En los entrenamientos se evitaban; en los vestuarios, se sentaban en polos opuestos. La menor arrastraba una fama de chica difícil: hacía bullying, se peleaba con chicos y mostraba un egoísmo ciego, una armadura para protegerse de la presión asfixiante de sus padres, quienes solo le exigían ser la mejor, sin importar a quién pisara.
El entrenador, harto de la guerra fría que fragmentaba al equipo, las llamó al despacho.
-No me importa lo que pasó en su infancia. O aprenden a jugar juntas y a pasar tiempo fuera del campo, o ambas se van al banquillo.
Ninguna quería dar su brazo a torcer, pero Alexia, con la madurez de la capitanía corriendo por sus venas, empezó a ceder. A regañadientes, comenzó a arrastrarla a su órbita. Para cuando la menor cumplió 19, la hostilidad se había transformado en algo completamente distinto. Se volvieron inseparables. Alexia se convirtió en su sombra, una presencia constante que, por alguna razón oculta, ahuyentaba a cualquier pretendiente que intentara acercarse a la joven. Mapi León las observaba desde la distancia, con una sonrisa de complicidad. Mapi lo entendía todo, aunque Alexia se empeñara en negarlo con la cara roja.
(...)
Un año más tarde, los secretos se volvieron demasiado grandes para el pecho. Los roces en el campo se transformaron en caricias a puerta cerrada. No había etiquetas, no era oficial, pero era real. Alexia la llevaba a su departamento, convirtiendo ese espacio en el único lugar donde la menor podía quitarse la armadura de "jugadora perfecta".
Una tarde, al cruzar la puerta, se encontraron con Eli en la cocina.
-Hola, Eli -saludó la menor, con una timidez que solo le brotaba frente a la madre de Alexia.
-Hola, linda. ¿Le dijiste a tus padres que estás aquí? -preguntó Eli, con tono maternal pero preocupado.
-Mmm... no. Creo que lo hizo Alexia -respondió de inmediato, echándole la culpa con una sonrisa traviesa.
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One short
Fanfictionson historias que se me vienen y son cortas, aprte de sus pedidos
