Lexa - The100

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El viento de la Tierra no se parecía en nada al aire reciclado del Arca. Olía a humedad, a tierra fértil, a vegetación viva y, sobre todo, a peligro.

Lia, de apenas 16 años, respiraba con dificultad mientras se ajustaba la chaqueta que le quedaba intencionalmente grande. El parche descolorido en el hombro izquierdo -las alas del Arca marcadas en tela gris- era el único recordatorio de dónde venía. Cuando el módulo de transporte cayó desde el cielo envuelto en una bola de fuego, la violencia del impacto le dejo una adrenalina que al salir huyó hacia el bosque, estaba perdida desde hace días, ahora estaba lejos del sitio del accidente. Separada de los otros noventa y nueve jóvenes enviados a la superficie, Lia había pasado tres días vagando sola entre los árboles gigantescos de un bosque sin fin.

Sin entender las leyes ni las fronteras de este nuevo mundo, cometió el peor error posible: cruzar la línea de piedras talladas que delimitaba el territorio sagrado del Trikru (el Pueblo del Bosque).

Un silbido agudo perforó el aire.

Lia ni siquiera tuvo tiempo de girarse. Un dolor punzante y abrasador le atravesó el hombro derecho, lanzándola de bruces contra la tierra húmeda. Un grito ahogado se le quedó atascado en la garganta. Entre la maleza emergió un cazador Trikru, con el rostro cubierto de barro y pintura de guerra de carbón. La flecha la había atravesado limpiamente de lado a lado. Inmovilizada por el shock y desangrándose, Lia fue despojada de sus pocas pertenencias, encadenada por las muñecas con sogas de cuero crudo y arrastrada como un trofeo hacia la fortaleza principal del territorio: Tondc.

La mantuvieron en la celda más profunda de la fortaleza, un calabozo cavado en las raíces de un roble ancestral. El lugar olía a moho y a sangre vieja. Para los terrestres, una criatura caída del cielo no era un ser humano, sino una amenaza o un presagio de guerra.

La noticia de la captura de una Skaikru (Persona del Cielo) solitaria no tardó en llegar a oídos de la máxima autoridad de la Coalición.

(...)

La pesada puerta de roble crepitó sobre sus bisagras de hierro. Lia alzó la cabeza con lentitud, apretando los dientes para no gemir por la fiebre que comenzaba a abrasarle el hombro. Esperaba ver entrar a un verdugo con un hacha o a un guerrero deformado por la radiación.
En su lugar, la figura que cruzó el umbral proyectaba un aura de autoridad absoluta.

Era una mujer joven, envuelta en hombreras de cuero pesado y metal grabado. Su rostro estaba marcado por líneas de pintura oscura que enmarcaban unos ojos verdes de una frialdad matemática. Su postura era majestuosa, casi felina, y cada uno de sus movimientos transmitía una precisión letal.

Lexa, la Comandante de los Trece Clanes, se detuvo a tres pasos de la prisionera.

Lexa:

"Mis guerreros hablaban de un demonio del cielo enviado para explorar nuestras tierras. Lo que veo en esta celda es solo una niña desnutrida, sangrando sobre nuestras raíces. Sin embargo, no hay súplica en su rostro. Sus ojos reflejan dolor, pero también una terquedad imprudente. El amor y la piedad son debilidades que un Comandante no puede permitirse; Costia me enseñó el precio de dejar que el corazón interfiera con el deber. Sin embargo, hay algo en la mirada de esta chica del cielos que desafía la lógica de la muerte. No mataré a un enemigo que aún no entiende por qué sangra."

Lexa rompió la distancia. Se arrodilló lentamente frente a Lia y, con una mano envuelta en un guantelete de cuero rígido, le sujetó la barbilla. El agarre fue tan firme que inmovilizó la cabeza de la chica al instante.

-¿Nombre? -ordenó Lexa. Su voz era grave, serena, un susurro dominante que llenó la celda.

-Lia -susurró la chica, intentando soltarse del agarre, pero la fuerza de la Comandante era inquebrantable.

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