Ariana
A los dieciséis años, pensaba que el mundo era un laboratorio y que mi padre era el único científico que valía la pena. Hasta que llegó ella.
Recordaba perfectamente el día en que conocí a Natasha Romanoff. Fue dos años antes de que el equipo se despedazara por los Acuerdos de Sokovia. Yo estaba en el taller de mi padre, cubierta de grasa hasta los codos y tratando de recalibrar los propulsores de un prototipo del Mark 45. Mi padre estaba gritándole a FRIDAY por no encontrar sus herramientas cuando las puertas automáticas se abrieron.
Entró con esa postura elegante, mortal y casi felina que la caracterizaba. Llevaba un traje táctico ajustado y el cabello pelirrojo cayéndole sobre los hombros.
-Stark, Fury quiere los reportes de misión de la última incursión -dijo Natasha, ignóramelo por completo al principio.
-Están en proceso, Romanoff. Ahora mismo mi ingeniera estrella y yo estamos salvando el mundo de un fallo de software -respondió mi padre, señalándome con un destornillador.
Natasha giró su vista hacia mí. Sus ojos verdes me escanearon en un segundo: la camiseta gigante que le había robado a Tony, las pecas de grasa en mi mejilla y la llave inglesa que sostenía como si fuera un arma. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, cruzó sus labios.
-Así que tú eres la famosa Ariana Stark -dijo, acercándose a mi mesa de trabajo-. Esperaba a alguien más parecida a tu padre: ruidosa y egocéntrica.
-Y yo esperaba a alguien más aterradora -le respondí de inmediato, alzando la barbilla-. Dicen que eres la mejor espía del mundo, pero entraste haciendo suficiente ruido como para que te escuchara desde el ascensor.
Mi padre soltó una carcajada dramática. Natasha no se inmutó; dio un paso más, inclinándose sobre la mesa hasta quedar a pocos centímetros de mi rostro. Su aliento olía a menta y el aire entre las dos se volvió denso, eléctrico.
-Ese fue el sonido que dejé que escucharas, niña -susurró con voz rasposa-. Si no quisiera que me oyeras, no estarías respirando.
Ese fue el momento exacto en que me enamoré de ella. Y también el momento en que me juré a mí misma que rompería esa fachada de hielo.
(...)
Natasha
Hay personas que nacen con una luz tan brillante que te ciega. La hija de Stark era exactamente ese tipo de amenaza.
La primera vez que vi a Ariana Stark no fue en un evento de gala ni en una conferencia de prensa. Fue en las profundidades del taller subterráneo de Tony, apenas unos meses después de que Hydra destruyera S.H.I.E.L.D. Yo estaba recopilando archivos clasificados para Fury cuando la puerta del ascensor se abrió.
A sus dieciséis años, Ariana era una anomalía. Tenía la misma mirada rápida y analítica de su padre, pero sus movimientos tenían una precisión casi militar. Llevaba una camiseta gigante de una banda de rock, pantalones de trabajo manchados de aceite y un prototipo de guantelete electromagnético en la mano derecha.
-No se supone que las espías rusas puedan andar por el taller sin pedir permiso, Romanoff -dijo sin siquiera mirarme, caminando directo a la mesa de calibración.
Me apoyé contra una columna de acero, cruzándome de brazos.
-Veo que tu padre no te enseñó modales, niña.
Ariana se giró lentamente. Tenía una mancha de grasa en el pómulo izquierdo y una sonrisa descarada que hizo que algo en mi estómago se apretara incómodamente.
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One short
Hayran Kurguson historias que se me vienen y son cortas, aprte de sus pedidos
