V.Fuego

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Narradora Lilith

Y nos clavaron. Miles llevaba el dinero justo, pero por su cara de angustia supe que se iba a quedar todo el mes sin comer nada más que una barra de pan.

Y aquí el escote no sirvió de nada, sólo para que el japonés tuviese buenas vistas. Vaya mierda de sitio.

Salimos del lugar y anduvimos por la nevada calle en la que aún seguían cayendo gruesos copos de nieve hasta llegar al coche de Miles.

-¿Y si te vienes a mi casa?-propuse.-Mañana es posible que esté tan nevado que ni siquiera puedas moverte de tu casa.

A Miles se le iluminó la cara y no pude evitar reírme.

-Esa era la propuesta, no pienses cosas que no son.

-Me lo pones fácil siempre, Lilith. ¿Cómo quieres que no piense mal?

Puse los ojos en blanco y me limité a mirar por la ventanilla el blanco exterior.

-Lilith,-dijo Miles captando mi atención.-¿estás segura de que estás preparada para matar?

-Sí, lo estoy. ¿A qué viene eso?

-¿Crees que el mejor método de venganza es matar a alguien?

-Sí. Siempre y cuando te hayan hecho algún daño o causado algún mal.

Miles asintió. Tenía miedo, lo podía notar en su mirada. En cierto modo no sé como Miles quiso involucrarse en esto. Fue una decisión estúpida que tomó para impresionarme ya que, obviamente, está enamorado de mí. Y en parte no lo entiendo. ¿Cómo puedes ser capaz de enamorarte si hace unos meses estabas por saltar desde la ventana por un divorcio? Bueno, no soy la persona más indicada para decir eso; yo, la chica que ha tenido diez novios y se seguía enamorando uno tras otro.

Ya no. El amor es una mierda. Y por muy loco y enamorado que esté Miles, no voy a enamorarme.

No le quiero.

Realmente le estoy usando simplemente porque por mí es capaz de hacer lo que sea, cueste lo que cueste.

En cierto modo me odio a mí misma por hacerle esto.

-Oye,-dijo.-¿en qué estás pensando que estás tan desanimada?

-¿Por qué tan curioso siempre, Miles?-dije intentando evadir confesar lo que realmente estaba pensando.

-Nada, sólo preguntaba. Antes estabas muy animada.

-Necesito alcohol.

Miles sonrió y concentró de nuevo toda su atención en la carretera.

Miles estaba en un gran riesgo. Su vida peligraba mucho en estos instantes. Puede que la policía nos acabase descubriendo y nos encerrase de por vida en la cárcel, cosa que no quiero. Y, obviamente, no sólo por mí. Sino, por Miles. No quiero que esté el resto de sus días encerrado entre rejas. En un principio, no quería que Miles se involucrase. Pero, ahora que me doy cuenta, tenerlo conmigo es de gran ayuda, aunque eso conlleve tener que cuidar la seguridad de ambos en cuanto a matar a alguien se refiere.

Llegamos a casa y Miles aparcó su coche en el parking subterráneo. Nos adentramos en el edificio y subimos a mi casa en el gran ascensor de moqueta roja y espejos con marcos de pintura color oro, ambientado con música chill out.

Entramos a mi casa y me quité aprisa el abrigo y los tacones, lanzándome ferozmente al sofá.

Miles se quitó su abrigo y se sentó en el sillón de enfrente.

-Y bien, ¿vamos a hacer algo, o...?-preguntó curioso.

-Define algo.

-Pues algo. Ya sabes.

Cerré los ojos.

-Miles, eso no es una respuesta coherente. En fin, si no piensas mal, creo que por algo te refieres a empezar a planear el crimen.

Miles asintió inseguro. Sí, puede que sus planes ahora mismo fuesen otros, pero no, no. Miles y yo no estábamos en una relación. Y el único beso que nos habíamos dado fue hace muchos años. Y no por voluntad propia.

Me levanté exhausta del sofá y me dirigí a la cocina.

Me puse de puntillas y alcancé de la pequeña bodega una botella del mejor vino que tenía. Agarré dos copas que nunca usaba y me las llevé al salón. Me senté en una de las cómodas y modernas sillas de comedor del salón y dejé las dos copas llenas de vino en la mesa.

Bebí un trago largo y Miles se sentó enfrente de mí.

-Bien, ¿empezamos?

Él asintió y me levanté de la silla. Fui corriendo a mi estudio y cogí un rotulador rojo, una regla y un plano de la casa de Jay.

-Bien.-dije cuando me senté de nuevo, expandiendo el plano sobre la mesa.

-¿Cómo tienes un plano de su casa?-preguntó.

-Eso no te lo puedo decir.-le dije llevándome un dedo a los labios, juguetona.-Se podría decir que son 'gajes del oficio'.

Miles sonrió. Destapé el rotulador y dibujé un círculo en un punto del plano.

-Aquí es donde siempre suele estar Jay. Es su escritorio. Créeme, NUNCA se movía de ahí. Detrás de él tiene una ventana. Puedo subir por las escaleras de incendio y colarme perfectamente.

-¿Cámaras?

-Hay muy pocas por esa zona. Puedo pasar desapercibida. De todas maneras, me ocuparé de ellas cuando se dé la ocasión.

Asintió y continué con el plan.

-Bien. Había pensado entrar por la ventana y cloroformarle.

Miles hizo una mueca de interrogación.

-Sí. ¿Vas a preguntarme de dónde voy a sacar el cloroformo?

-No, aunque me dejas con la duda.

-Bueno, sigamos. Le cloroformo y...

-Oye,-dijo cortándome.-¿y cómo te aseguras de que vaya a estar ahí en ese momento?

-Jay trabaja en casa. Siempre por las noches, aproximadamente desde las seis hasta las nueve. Tenemos tres horas para matarle.

-¿Y si ese día está fuera de su casa?

Puse los ojos en blanco.

-Trabaja todos los días.

-¿Y cómo sabes eso? Hace cuatro años que no sabes de él.

-Desde hace unos meses me dedico a espiarle, Miles. Si no, ¿cómo crees que sé todo lo que te estoy diciendo?

Miles asintió algo inseguro.

-Y después de cloroformarle, ¿qué piensas hacer con él?-preguntó.

Sonreí malvadamente.

-Eso no puedo decírtelo todavía. Aunque algo sí puedo adelantarte; tiene que ver con uno de sus grandes vicios.

Y ese vicio, amigos míos, eran los cigarros.

Y, ¿con qué se prenden los cigarros?

Con fuego.





Memorias de una asesinaDonde viven las historias. Descúbrelo ahora