Capitulo 8

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La separación había resultado mas difícil de lo que creía. Extrañaba a Jeremy y a la vez la fastidiaba, porque él la llamaba mínimo tres veces por día, para pedirle que volvieran. Había sido su primer novio y desde hacía un tiempo estaban juntos, y ahora ya no estaba con él, lo que suponía un vacío y un alivio al mismo tiempo.

Se rascó la cabeza, mirando por la ventana hacia el patio interior del hotel, siempre tan sucio. Otra vez llovía a cántaros y en poco rato tenía que salir a hacer algo muy importante, quizás lo más importante de su corta vida.

Se arregló y trató que su cabello le obedeciera, pero la humedad hacía de las suyas con él, así que se resignó y se lo tapó con la capucha de su enorme camperón verde.

Esperó bajo la lluvia hasta que pasó un taxi y se subió, chorreando agua. Ya anochecía.

Después de varias vueltas, el taxi frenó frente a un edificio de aire distinguido. Era el laboratorio más importante de la ciudad. Midori le pagó al taxista con una mueca en la cara, ya le estaba quedando poco dinero en los bolsillos.

Cuando entró, escurriéndose por el agua que se había agarrado con la carrera desde el taxi a la puerta, vio tapados hasta los ojos a Paul y Ringo, sentados sin hablarse.

-Aquí llegó la causante de todo esto.-dijo Paul.

-No se quejen, los he juntado. Aunque así vestidos parece que se hubieran escapado de un asilo de ancianos.

-Si hubiéramos hecho eso, no estaríamos esperando a un doctor...-refunfuñó Ringo.

-Ay, ay, están viejitos y enojones.-Midori se sentó en medio de ellos y les sonrió.

-Lo lograste, chiquilla.

-Así es, Sir Paul. Ahora, hablando en serio, quiero agradecerles que hayan venido. Temía llegar y que no estuvieran.

-No creas que no nos arrepentimos, pero aquí estamos.

-Bueno, gracias por eso.

Un hombre y una mujer, vestidos con impecables guardapolvos blancos con el logo del laboratorio y sus nombres bordados, salieron de una oficina y los miraron. La mujer sonrió.

-Bienvenidos. Pasen, por favor.

**********

-Sólo respira, no pienses en que te van a pinchar.

-Pero...es grande. –miró a Ringo con angustia.

-¡Ey Midori! Mira aquí, soy Paul, ¿quieres que te cante?

-No, gracias.

-¡Yo sí! –exclamó la doctora que intentaba extraerle sangre a Midori.

-Bueno, comenzaré...

-¡¡¡AYYYY!!! ¡Duele!

Tapándose los ojos con el brazo libre, Midori aguantó hasta que su sangre llenó una jeringa. Paul cantaba una canción que ella no conocía, pero que al parecer la doctora sí y lo miraba embelezada. Midori sólo rogaba que la mujer, en su tontera por Paul, no hiciera alguna estupidez, como sacarle sangre de más o destrozarle una arteria. En todo el transcurso de su plan, había olvidado el pánico que le tenía a los médicos y principalmente, a las agujas. Si lo hubiera recordado, seguramente no hubiera buscado a su abuelo.

-Bien, ya está. –la doctora, a la que el endulzamiento aún le duraba, le apretó un trozo de algodón en el lugar de la extracción. -¿Te sientes bien?

-Digamos que algo mareada...

-Se le habrá bajado la presión.-Ringo buscó en los bolsillos de su enorme sobretodo-Tengo semillas de girasol, ¿te gustan? Son saladas, te ayudarán.

Mi abuelo es un beatleHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora