2-Pushed us right back to hell

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¿Qué sentido tiene despertar? ¿Cambia en algo si respiro o no? ¿Qué tan éfimera va a ser mi vida que ni siquiera pudé empezar a vivirla? Estoy atado de manos y pies, amordazado, drogado y amenazado para cumplir órdenes. Soy menos que un soldado raso, soy menos que un títere, soy menos que un peón; soy la suma de los errores de mi padre.

Mi destino es servir fielmente, bajo una amenza velada; al ser más despreciable de la tierra. Toda mi fortuna, prestigio y orgullo está manchado de sangre. Cada galeón tiene su mancha; y aunque nadie la vea, yo sé que está ahi. Y me corroe. Me corroe tan hondamente que me replanteo la idea de matarme, de déjarme ir. De desaparecer de esta media vida que me obligan a seguir.

Y entoncés la veo a ella; y los veo a ellos, la sangre se me seca en las venas, y la respiración se me acelera. Un nudo oprimé mi pecho; y un dolor que no es mio me aborda. El arrepentimiento palpita con cada bombeo de sangre que mi corazón envia a mi cuerpo; el remordimiento me quita el sueño. Mi lengua esta toda herida de las veces que la mordí para no hablar.

Con el correr de los dias emprendí una tarea insana de lavar mis manos compulsiva y brutalmente. El agua se transforma en sangre; más la sangre que yo veo no es la mia, es de otros. De aquellos que en mis pesadillas me sonrién amables, y me perdónan; sumado a los gritos de aquellos desafortunados que ájenos a lo que sucedía eran torturaros hasta llorar sangre; mujeres, hombres, niños, bebés. La sangre fluyé pero no se va. Siempre estará ahi, como la marca que mancha mi brazo izquierdo.

Mi nueva media vida me aisla del resto, y si eso no era suficiente los rumores y cuchicheos sobre mis acciones siempre van unos cuántos pasos por delante de mi. Mas una normalidad qué no siento se instala en mis dias, una rutina dónde debo aparentar ser quién fuí y no qué soy. Me siento un actor, en una obra trágica; donde sólo interpretó mi papel cuando hay alguien mirando, pero en la soledad; es donde aflora mi yo real. Y el de ella también.

Son noches intermitentes, pero la escucho fuerte y claro, y sus sollozos y gritos me calan hondo; como puñales enterrándose en mi carne. Yo causé eso, y quizás antaño me recocijará en eso; pero ya no. Mis manos gotéan sangre, gotéan su sangre.

A vecés cuando me mira, veó sus ojos marrones limpios; vacios de juicio, de odio y de venganza. Veó bondad en ellos, y luego vacio. Me aferró a la bondad que astibo esos segundos, y la archivo en el fondo de mi mente para usarla de bálsamo cuando las pesadillas vienen a buscarme; mostrándole hostilidad, odio y quizás un rencor que ya no siento. Notó su mirada penetrarme hasta el alma, ella sabé que estoy podrido; ella sabé que soy culpable, por eso le sostengo la mirada, esperándo a que ella diga algo; y así yo pueda caer.

Quizás si me dan el beso de los dementores, mis manos al fin queden limpias. Pero no soy iluso, y sé que ella no dirá nada.

La choqué en un pasillo, y la sensación de su pequeño y cálido cuerpo sobre el mio aún me acompaña; su pérfume de vainilla y la miel que emaba de su cabello quedé obnubilado. Pero mi máscara debía seguir en su lugar; y la hostilidad qué mano de mi voz no era cómo la de antes; pero ahí estaba. Con un poco de brusquedad la empujé para levantarme, pero al escuchar su quejido me paralicé; indeciso entre ayudarla o huir. Y simplemente me alejé, dejándola en el suelo.

La vi cojear un par de dias, y como aguantaba estóica los quejidos de dolor. Cada tarde se sentabá en la biblioteca, rodeada de libros pero sin prestarle atención a ellos, simplemente mirándome fijamente.

En las comidas charlaba animadamente, sonreía y parecía genuinamente feliz. Pero yo sabía que no lo era; e intermitentemente en las noche sus gritos me lo demostraban. Y esos gritos cargados de dolor e impotencía; me arrullaban hasta que los gritos de mis memorias los eclipsaban; y ni todas las almohadas del mundo podían acallarlos.

Me gustaría acercarme a ella; decirle que lo siento, implorarle un perdón que estoy lejos de merecer; pero darle paz a sus demonios, y con suerte silenciar un poco los mios. Pero no puedo, y no solo por cobardía; las represalias son mi temor. Que maten a mi madre por mi désliz, que la verdad llegué a oídos del Lord Tenebroso, y se dé cuenta que su mejor asesino, es tan solo un niño asustado.

Así que debo aparentar, vestirme de sombras, refugiarme en la penuria y avanzar como una caricatura de lo que debo ser. Aparentar, mentir, fingir y despreciar. Morir en silencio, con los gritos ahogados de fondo, con la sangre seca en mis manos, con mis heridas mal cicatrizadas, con esa maldición que me mancha el brazo.

Durante las clases las voces y cuchicheos estan zumbando en mis oídos; pero los ignoro, ignoro todo. Mentalizo qué con un hechizo los silencio, que sólo mi respiración es audible.

Como por inercia para poder mantenerme en pie día tras día; espero temblando que el sol dé paso a la luna, y qué su llamado queme en mi brazo.

Cavizbajo me presento ante él; no levanto la mirada, y él asumé que es por respeto. ¡Cuán errado está! Es el pavor lo qué me impidé verlo, es el miedo y la incertidumbre lo qué me agarrotá y no me deja hacerle frente.

Está contento de verme, y lo sé por el orgullo en su voz. Una nueva misión, una nueva masacre. Más sangre para mis manos; más gritos para mis noches. Obedezco en silencio, no he dicho palabra désde que llegué, no pienso decirla hasta regresar.

La noche está fria, el viento ruge moviéndo las ramas de los árboles; no hay estrellas, ni luna que nos iluminen. Una noche negra, una noche óscura; cómo tantas otras, cómo tantas proximas. Cobijados en la oscuridad nos movemos como el humo, nos adentramos en nuestro camino, aprendiéndo de nuestro entorno; la excitación crujé en el aire, muchos están emocionados, otros resignados, yo aguanto las arcadas manteniendo mi máscara plateada cubriendo mi rostro.

Un pueblo se vé a la lejanía, rural, rústico y hogareño. El humo de las chimeneas crea nubes densas sobre las pequeñas casas de dos pisos; las callejuelas están desiertas, las luces están apagadas. Hypnos y Thanos ya cumplieron su labor; el pueblo duerme apacible, en silencio arrullados por el vaivén del viento.

Nos dispersamos, somos casí un centenar. Cada uno tiene una casa, cada uno un número de victimas. El primer hechizo, rojo como un látigo destruye una puerta; muchos le suceden. El humo de las chimeneas no se compara con el de las bombardas lanzadas; el viento se eclipsa por los primeros gritos. Rayos verdes, rojos y plateados vuelan de un lado al otro; cuerpos caen, duros, blandos, quemados de parte de los dos bandos. Las tunicas negras se tiñen del bordo de la sangre, los pijamas almidonados se vuelven rojos por el cuerpo que abandonan. Lanzó algunos hechizos carentes de convicción, esperando no dar en ningún blanco particular, pero sin dejar de aparentar.

De pronto, muchisimos más rayos cruzan el aire en busca de victimas, no son de los inocentes; son aurores. Un hechizo me roza el flanco izquierdo; siento la cálidez de la sangre empapar mi cuerpo, sonrío. Quizás ha llegado mi momento, quizás ahora al fin muera. Alguién anuncia la retirada, y proclama la marca en el cielo; una vulgar burla a una huída cobarde. Me desaparezco, sangrante y débil; rogando aparecer en cualquier parte, menos ante la presencia del Lord.

Disarm meDonde viven las historias. Descúbrelo ahora