Amanda White limita el dinero e intenta estirarlo hasta más no poder, sin embargo, cuando conoce a Hanzel Black todo en su vida se verá prometedor.
Sólo deberá seguir las reglas de Hanz o resultará herida.
¿Puedes confiar en alguien que dice...
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Había firmado.
Esas dos palabras atormentaban cada hora de Amanda, su cuerpo aún estaba lleno de recuerdos de aquella noche desenfrenada donde solamente existió el placer y lujuria en estado puro.
Conforme pasaban los días se comenzaba a percatar que Hanz no quería tocarla, temió desde lo más profundo que la despreciara por no someterse a su voluntad. Se sentía pérdida sin saber que hacer puesto que era una fanática del control en todo lo que hacía. Tomó una ducha larga mientras el guapo hombre elaboraba la cena.
Tres días y contando.
Eso era lo que la morena llevaba en el hotel con él. Quería saber si ella se adaptaría a todo lo que le dijera, sin embargo, no podía dejar de sentirse extraño por la forma tan cambiante de ser de la mujer. Sus recuerdos aún seguían en cada segundo de aquella noche y quizás se había auto complacido a diario pensando en todo. Pero tenía que poseerla entera.
No se consideraba impulsivo, ni posesivo con otras mujeres. Ya que solamente había sido por placer y dinero. Y a pesar de que invirtió mucho dinero en la adquisición de la mujer joven, quería entender cada parte de ella. Desde sus arranques de ira hasta la mínima sonrisa que le daba a aquél hombre de cabello rapado. Ansiaba ser todo para Amanda.
Se despojó del suéter que ya no le era necesario y siguió asando la carne hasta que estuvo lista. Ese día la cena sería esencial para enseñarle una cosa que nadie sabía acerca de él. Ese rojo que contrastaría con la delicada y clara piel que la bailarina poseía. Acabó la cena mientras escuchó atentamente como ella salía de ducharse e iba a traer el mejor vino que tenía.
Había entrado en la habitación sin notar la tela intrusa entre el edredón de la cama, se movió entre la habitación blanca e impersonal. Buscó algo entre la ropa que ya estaba cuando ella aceptó el trato, sin embargo, no pudo hallar algo perfecto para la cena que según Hanz le había dicho: era muy importante.
Suspiró molesta y sin siquiera detenerse un segundo, dio una vuelta completa para gritar de ansiedad. Se quedó absorta al encontrar un hermoso vestido negro de corte corazón transparente, lo tomó con cuidado entre sus manos y sonrió ante tanta delicadeza combinada con sensualidad sin atrevimiento en el medio. Algo que era una herramienta perfecta para no dar a enseñar sus voluptuosas curvas. Buscó lencería acorde con la prenda al tiempo en que de nueva cuenta encontraba un par de tacones altos que contrastaban con su atuendo. Se maquilló como acostumbraba pero añadiendo sombra oscura en sus párpados y labial rojo.
Antes que pudiera girar la perilla algo la distrajo. Una canción familiar sonaba en algún rincón entre el piso cubierto de alfombra y la cómoda a los pies de la cama.
Se quitó los tacones y encontró su viejo celular. Aún sonaba cuando lo levantó por lo que contestó la llamada de su madre.