Me apoye sobre la puerta del auto, mientras mi brazo, atrapado entre mi cuerpo y la puerta, trazaba garabatos invisibles en el vidrio empañado y cubierto de gotas cristalinas. No podía ver donde nos encontrábamos, ni si había pinos, ni mucho menos señales de vida.
— Has sido la única que no ha dormido en todo el viaje, duérmete.—Me ordeno.
—No necesito dormir, solo necesito que lleguemos pronto.—Replique.
—En ese caso tendrás que ser paciente—dijo en tono serio—, aun falta, no mucho, pero falta. —Bufe rodeando los ojos.
Pare la música y busque algo en internet que me entretuviera. Como de costumbre, las páginas de noticias aparecen como virus en mi pantalla. Mientras que elimino puedo darme cuenta de las múltiples catástrofes: más muertes por falta de alimento y un ecosistema sustentable, las personas se comportan como animales en las protestas, más políticos que abandonan a su pueblo... Odio ser tan sentimental. Maldita política. No les interesa dejar a 9,763 millones de personas, sin familia, sin ecosistemas, ni recursos naturales. Si no fuera porque este país es el más sustentable, el Presidente ya se hubiera largado.
Apague el celular. De todos modos mis pensamientos solo se debatían entre ellos, de tal forma que mi madre se dio cuenta de mi impotencia y decidió dejarme allí.
El sonido me prendió como un choque eléctrico. Mi frente me dolía, aun más si la sobaba. Me recuesto a la silla y fulmino a mi madre con la mirada. ¿Me había dormido?
—A mi no me mires, no es mi culpa que no lleves cinturón. Mejor póntelo, así no nos capturan por traficar. — Dice sin más.
—¿Estamos traficando?...
—¡Que cooll!—dicen a coro. Volteo.
—Uh si, de lo mejor. — vuelvo a mi posición inicial.
—Pensé que ya no se encontraba.— Dice el mayor.
—Pues claro, eso le hacemos creer a todos.— Le sigo la corriente.
—Por fin una conversación divertida... ¡Mira!—Grito el menor.
Los gemelos estallaron de emoción y empezando a saltar en la cabina de atrás.
— ¡QUÉDENSE QUIETOS! — Grito mi madre mirándolos ferozmente por el retrovisor.
Me reí al ver como se callaban y dejaban de dar brincos.
Pasaron como veinte minutos y llegamos a la nueva casa. Tome mi teléfono y mi morral, el feroz aire frió y húmedo inundo mi rostro, dándole vida a mi cabello. La lluvia había cesado. Los gemelos salieron de golpe provocando que sus zapatos se llenaran de lodo. Salí del auto con cuidado a que no me embarraran.
La casa era igual como la recordaba: amplia, con jardines hermosos, los ventanales que cuando tenía siete años los rompí con una pelota de béisbol. Pero, a pesar de todos mis intentos ese aire negativo que traía la casa... nunca se esfumaría.
Camión de la mudanza llego paqueándose detrás de el auto de mi madre, el hombre bajo y hablo con ella; de repente me mira y me tira lo que parecen ser las llaves de la casa, las logro atrapar. El extraño llavero de un átomo me llamo la atención, era plateado con muchas rayitas en los aros. Un perfecto sistema solar en miniatura.
—Haz los honores, Vanessa—me dice mamá.
Los gemelos se pararon firmes en la entrada de la casa cada uno al lado de los dos muros de bloques. Estaban cruzados de brazos, a cada uno le caía un mechón rubio, los ojo azules de cada uno me escondían la tristeza y melancolía que sentían. Entendiendo lo que me querían decir, cambie mi ceño fruncido, cara molesta a la que ellos me pedían. Me agache de cuclillas y se me abalanzaron encima, entre ellos buscando un acomodo en mi cuello. Nos unimos en un abrazo donde cada uno (hasta yo) obtenía lo que deseaba.
ESTÁS LEYENDO
Destino Codificado
Science FictionParecía que Christopher estuviese pensando en otra cosa, mientras permanecía inmóvil con los ojos firmes en aquel frasco... ─Eso es imposible...─dice con dolor. ─ ¿Que es imposible? No me responde, el solo mira el frasco, y por un moment...
