«No tengas miedo»
Recuerdo aquella frase, la escuché hace unos días en mi cabeza, de una voz desconocida. Hoy se repite por segunda vez
«No tengas miedo»
Lo cual me provoca un dolor intenso en la cabeza. Hasta que mi pecho arde decido despertar un destello blanco cubre mi vista y desaparece en cuanto me levanto.
El oxígeno no entra a mis pulmones una mujer me coloca un respirador y me ayuda a calmarme. Una mano fría toca mi espalda, no es de la enfermera, reacciono rápido, suelto el respirador y con mi mano izquierda le retuerzo el brazo y cae. La mujer da un grito y ruega que lo suelte.
Hasta que mi vista borrosa desaparece en lágrimas reconozco al muchacho y lo suelto rápidamente. Sus ojos claros... Él me sujetó antes de desmayarme, quiero disculparme pero el oxígeno apenas llega a mis pulmones y sigo asustada.
Mientras la enfermera lo ayuda a levantarse inspecciono en donde me encuentro ésta vez: es un cuarto pequeño que parece ser la enfermería, estoy sentada sobre una camilla, a mi lado hay todo tipo de medicinas, frente a mí hay otra camilla y un espejo, veo mi rostro lleno de lágrimas, mis ojos rojos al igual que mi cara y mi cabello alborotado, ¿Cuánto llevo así?
Escucho un jadeo del chico de al lado, la enfermera pelirroja revisa su brazo y dice que no tiene nada, gracias a Dios, solo le da una pastilla para el dolor y lo ayuda a sentar. Me levanto rápidamente, la enfermera se pone entre los dos.
—Respira profundo nena, no vallas a quitar tú desconcierto con el chico —dice bloqueandome el paso—, no quiero otro paciente adolorido por la misma causante.
La sangre baja a mis pies, ¿Otro paciente?
Bajo la cabeza y no digo nada, ella se escusa, antes cercionandose de que todo va a estar bien. En cuanto se va me dirijo a quién me mira estupefacto, alzo las manos en defensa.
—No fue mi intención, me asustaste—digo rápido, el eleva una ceja. Seco mis lágrimas.
—No, no es eso... —murmura, se levanta de la silla y busca algo entre las medicinas, toma un algodón y se acerca a mí, retrocedo y choco con la camilla.
— ¿Que haces? —me quedo muda ante su movimiento, con una de sus manos toma mi barbilla y con otra lleva el algodón por encima de mis labios hasta llegar a la nariz.
—Estabas sangrado —susurra—, apuesto y fue por la manera tan tremenda de despertar que tuviste —su aliento llega a mi cuello, está muy cerca—, tenlo ahí por unos minutos.
No suelta el algodón hasta que lo obedezco y se tira en la silla. Lo miro sorprendida.
—Por cierto soy Evan, Evan Napster, no me agradezcas ni te disculpes, tranquila, estoy intacto, además me gustan las chicas así. —Dijo, con voz ronca, me guiña un ojo.
Lo miro sin creer lo que dice y suelto una carcajada, me apresuro a contestar, pero el me calla con su mano al aire.
—Shhh, recordaré éste momento como la primera vez que te escuché reír...
Me hecho para atrás y me cruzo de brazos sin creer lo que dice, ¿Acaso estaba coqueteandome?
Oh, Dios, me encontré con un patán.
—Debí golpearte más duro.
—Oh, pronto tendrás la oportunidad. —Dice muy seguro de sí, se levanta y organiza su chaqueta, ahora lo veo; viste de negro, usa unos Campanos, una camisa negra combinada con una chaqueta de cuero sin abotonar, con un gorro negro de lana que se pierde en sus cabellos oscuros y una única bufanda gris. Lo único que tenía color en el eran sus ojos color azul cielo. La verdad, si era muy simpático y tenía esa aura de "imán de problemas" a su alrededor.
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Destino Codificado
Science FictionParecía que Christopher estuviese pensando en otra cosa, mientras permanecía inmóvil con los ojos firmes en aquel frasco... ─Eso es imposible...─dice con dolor. ─ ¿Que es imposible? No me responde, el solo mira el frasco, y por un moment...
