Cuando acabaron la cena, acompañada por unas cuantas cervezas y una botella de champán para celebrarlo, todos se dirigieron a sus habitaciones. La pensión se encontraba a unos pocos metros del descubrimiento y el dueño les había hecho un precio especial por tener planeado quedarse durante bastante tiempo. El viejo edificio se calentaba con dificultad, pero en el trascurso de esta noche en especial, los inquilinos necesitaron más de una manta gruesa para no pasar frío.
Gunter, que dormía a pierna suelta, empezó a sentir cómo se le revolvían las tripas. No sabía que su interior se estaba licuando como si le hubieran metido dentro de un microondas y le estuvieran radiando a baja potencia. El fuerte dolor le hizo estremecer. Se estiró con fuerza y agarró los cantos de la cama. Se retorció y empujó con las piernas el bajo de madera hasta romperlo. Una espuma blanca mezclada con sangre y restos diversos empezó a salirle por la boca. Los ojos se le blanquearon y su cerebro dejó de procesar el dolor. Gunter había muerto.
El silbato del demonio sonaba de manera silenciosa y los perros del infierno ya rondaban por los alrededores. Bernard se despertó sobresaltado y empapado en sudor. Había soñado que su amigo Gunter deambulaba sin rumbo entre tinieblas grises y pestilentes. Corría tras él, pero no conseguía alcanzarlo. En cierto momento, apareció de repente delante de su amigo y le hablaba sin que Gunter le hiciera caso. Tenía la cabeza calva, el torso lleno de sangre, la barriga flácida como si la hubieran vaciado y la cara oscurecida por una sombra.
¿Qué te ocurre, Gunter?, preguntó en sueños.
Cuando su amigo le mostró el rostro, a Bernard se le heló la sangre. Estaba ciego. Unas lágrimas de sangre recorrían sus mejillas. A continuación se percató que le faltaba el brazo izquierdo.
—¡Dios santo!
Bernard se levantó de la cama y corrió hacia la habitación de Gunter. Estaba al tanto que se relacionaba únicamente con una pesadilla. Era consciente que se trataba de una de esas historias para asustar a los niños y no a los adultos. Sabía que era absurdo despertar a su amigo a aquellas horas de la noche, pero también sabía que lo que acababa de ver, era algo más que un sueño.
Primero tocó a la puerta con suavidad. Luego con un poco más de fuerza y, finalmente, empezó a dar unos tremendos porrazos que despertaron al resto de los huéspedes.
—¿Qué está pasando? —preguntó Eva.
—Algo malo le ha pasado a Gunter. Lo sé.
—¡Apártate! —dijo Claus.
Golpeó la puerta con fuerza y gritó:
—¡Gunter! Déjate de tonterías y abre la puerta.
Al ver que no contestaba arremetió contra la puerta. No se abrió.
—Otra vez —indicó Eva.
Claus se abalanzó con fuerza un par de veces más. Hasta que finalmente consiguió romper las bisagras y abrirla.
—Pero...
Bernard permaneció encima de la cama, sorprendido.
—¿Dónde demonios se habrá metido?
En la cama quedabanúnicamente restos de líquidos viscosos y trozos rojos de gelatina queaparentemente se trataba de sangre coagulada. Y un rastro de todo se dirigíahacia la ventana que estaba abierta.
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La crucifixión de los ciegos
HorrorRelato de terror. Los misterios de la antigüedad que nos rodean, llevan consigo los restos de los pecados cometidos de nuestros antepasados. Los caminos abiertos y la sangre derramada, sólo con dolor y sufrimiento se pueden expiar. Y aunque intentem...