Llegué a casa a punto de estallar. Luego de ver al sujeto esconderse al darse cuenta que noté su presencia, pagué al taxista y entré de inmediato a mi hogar.
Jacob me esperaba en la puerta, ¿Qué habría pasado?
-Problemas-dijo, como si leyera mis pensamientos-llegó papá.
¿Cómo pude olvidarlo?, los tres meses del viaje de mi padre ya habían transcurrido y aquello solo significaba una cosa: mi libertad estaba restringida en el lapso de una semana.
Mi padre viajaba siempre, en mis recuerdos siempre ha sido así. Mi progenitor, era de aquellos que con su presencia, hacía temblar a cualquier que amara su vida. Él es uno de los miembros de la corte de justicia, designados por el senado y claro está, por el presidente. Lo que lo hacía un hombre de fuerzas tomar y de temer, por supuesto. Las ciento veinte horas que la suprema justicia, creía que nos regalaba para disfrutar con nuestro padre, solo daba a la resolución de problemas.
No debíamos actuar, si no se nos pedía con anticipación. No debíamos salir si él no lo deseaba. Y sobre todo, no debíamos hablar si él no lo quería. Nunca supe, el por qué su actitud era así, pero no es algo que pueda preguntar.
-Pasa, estabas con las notas de la universidad-susurró Jacob, quien ya tenía una cuartada para mí-no lo olvides.
Entramos firmes, poco y nos falto, hacerle una reverencia militar. La mirada imponente del recién llegado, se poso en mí. Caminamos hasta con recelo de nuestra propia respiración.
-¿Dónde estabas?-preguntó con la fuerza que hubiera utilizado, si estuviera ejerciendo el poder judicial en los estados de la nación.
-En la universidad-respondí con rapidez. No deseaba enojarlo-fui por unas notas.
-¿Te pregunte que hacías?-jactó arrogante-cuida de tus palabras, ¿entendido?
-Sí-asentí lo propuesto-sí, señor.
-A la próxima, no te quedes tan tarde por unas puercas notas-dijo sin premeditación mientras se alejaba para entrar a la cocina.
-Nos salvamos-susurramos a Tim con un gesto de victoria, mientras abordábamos las escaleras como nuestra única posible protección.
Los gritos no se hicieron esperar. De seguro, mi madre ya estaba en casa.
Insultos, injurias e injusticias salían de las bocas de mis progenitores, como si se los estuvieran vomitando con desprecio al otro. Siempre había sido así, pero la herida no cicatrizaba.
-Hola Amelia-escribí como consuelo.
-¿Qué tal tu día?-preguntó.
-Largo y sombrío-conté- mi padre ha llegado, por la siguiente semana esto será un infierno.
-Tranquila, no creo que sea así-comentó-ten calma, nada dura por siempre.
-Debo dormir, nos vemos-dije en forma de despedida. La verdad, no iba a descansar, no existía forma con el concierto de gritos que se ejecutaba abajo.
Esperé hasta que la media noche. Con el sigilo que tendría un ladrón de bancos, me escurrí silenciosamente por la ventana. Hasta el viento era mi cómplice, porque en el momento en que bajaba por un robusto ébano, no se emitió ni el ruido de las hojas al moverse. Al poner nuevamente los pies en la tierra, no pude evitar dar una sonrisa de emancipación.
Corrí con cautela por las calles airosas, hasta llegar cerca de la biblioteca de la universidad, donde alcé mi cabeza, para que las fuertes ráfagas de vientos alzaran mis cabellos.
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El alma de una suicida
General FictionA sus 19 años creía que su aburrida vida solo la podían cambiar los libros, que aquellos eran los únicos que le permitirían soñar y divagar con cosas extrañas, pronto se daría cuenta...que no estaba del todo equivocada. Prefacio Y entonces leí la in...