Capítulo 8

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-¿Es realmente necesario todo esto, Albert?

-Qué sí, pesado; deja de quejarte.

Pablo y Albert volvían a estar sumergidos en la aventura que se ve que es alquilar un traje, aunque esta vez era el genio el que, por presión del otro, se encontraba en ese probador. Albert tuvo que comprar el traje que alquiló la ultima vez, ya que a causa del accidente se manchó de sangre (nada que no consiguiera quitar después de frotar durante dos horas con el detergente). Así que, mirando la parte buena, ya tenía traje que ponerse para la fiesta de noche vieja que organizaba Inés en su casa; a ver si esta vez, con un poco de suerte, acababa la noche de una pieza y sin mancharse la ropa.

El drama para Pablo empezó cuando al chico se le ocurrió que sería divertido que el genio le acompañara a la fiesta y que, por supuesto, fuera vestido para la ocasión.

-¡Pero si solo vas a verme tú!- Puntualizó, igual por milésima vez.

-¿Y qué?, ¿es que acaso yo no soy suficiente como para que te pongas un traje? Además, ¡si te queda muy bien!

-Parezco un camarero con esta pajarita. Y encima, me esta grande; me has traído uno de tu talla, y yo no tengo tu espalda.

-Está bien, está bien.- Llevaban 10 minutos con la misma discusión en bucle, al final decidió ceder un poco.- Te traigo el mismo pero más pequeño, y sin pajarita.

-Muy considerado de tu parte.

Por suerte los probadores volvían a estar vacíos, porque la que tenían liada no era normal. El dependiente debía estar flipando escuchando a Albert alzando la voz "solo".

Sus sospechas se confirmaron cuando, al pedirle si tenia una talla menos, se la dio con un "¿Va todo bien?" de acompañamiento, a lo que Albert no tuvo más remedio que responder que sí; era mucho más fácil que explicar que tu amigo al que solo puedes ver tú y que, además, resulta ser un genio de esos que cumplen deseos no paraba de quejarse.

Y es que Pablo llevaba unos días raro (más raro de lo habitual, al menos). Con Inés había cogido experiencia en tratar con alguien triste sin motivo aparente, pero lo del genio era diferente. Él no estaba triste: más bien estaba enfadado. Pasaba menos tiempo con Albert con la excusa de que tenía trabajo que atender en su mundo, más que sarcástico estaba borde, y parecía que había vuelto a su antiguo modo de "desea algo ya que quiero irme". Y aunque no entendía el motivo de su comportamiento, pensó que llevarlo a una fiesta le animaría; pero le estaba saliendo el tiro por la culata.

-Aquí tienes.- Dijo una vez de vuelta a los probadores, haciendo hueco el la cortina y pasándole el traje.

-Bueno, esto es otra cosa, la verdad.- Admitió, ya con el traje puesto y la cortina abierta de par en par.

-¿Ves? Solo tenías que darle otra oportunidad. ¿Por qué no te has puesto la corbata?

-Es que no se ponérmela.

-Habérmelo dicho, yo te la pongo.

Albert se adentró en el cubículo, cogiendo la corbata de la mano del otro. Le levantó el cuello de la camisa y se la pasó al rededor de este, mientras Pablo se moría debido al exceso de contacto y a la excacés de distancia entre ambos.

-Me gusta que sea lila.- Comentó, pensando que romper el silencio ayudaría a calmar la situación. No funcionó.

"Joder, si es que es imposible que no esté escuchando como mi corazón se desboca."

-Pensé que te sentaría bien ese color.- Respondió, por fin acabando con la tarea. Pablo volvió a girarse hacia el espejo, y Albert confundió su cara de "llevo un minuto sin respirar, necesito coger aire" con indecisión.- Deja de pensártelo; estas muy guapo, Pablo.

Como deseesDonde viven las historias. Descúbrelo ahora