La mañana trajo consigo una ola de niebla que para mi gusto hizo más difícil que alguien pudiera verme donde me encontraba. Encima de uno de los árboles que daba inicio al frondoso y prohibido bosque. Me hallaba sentado en una espesa rama, afilando mis cuchillos sin apartar la mirada del instituto. Ya era rutina para mí hacerlo, y era sorprendente la facilidad con la que conseguía cuchillos para cada día. Cuchillos con los que con una simple rozada en la piel, podrías ser llevado a un hospital en la línea de emergencias. No tenía la necesidad de atacar a nadie, pero más que por necesidad, poseía estos para relajarme cada mañana, atardecer y noche.
-Retorcida forma de relajación.-comentó con burla la voz femenina. Su habilidad para no ser vista era increíble.
-Fuera de mi mente, Meg.-dije cansinamente y le dediqué una sonrisa a la pálida rubia que me miraba desde abajo.
-Como si no fueras a bloquearme la entrada por ti mismo.-se encogió de hombros devolviéndome la sonrisa-Debo aprovechar esos momentos en los que estás con la espalda baja. No se ven muy seguido.
Y tenía razón. Siempre estaba atento a todo, aunque sin prestar demasiada atención a nada.
Di un salto de la rama y quedé frente a ella, guardé los tres cuchillos que portaba en mi desgastada mochila negra y la miré con pasividad.
-¿Qué acaso te da tanta curiosidad saber lo que pienso?-sonreí de lado.
-Claro, si fueras a quemar el reformatorio quisiera saberlo con antelación…así te ayudo a buscar los artículos pirotécnicos.-sonrió y dio leves golpecitos a su reloj de cuero marrón-Vas tarde a tu primera clase.
Reí entre dientes y asentí. Reacomodé mi mochila y eché a caminar al salón de clases. Megara sería posiblemente la persona más entrañable que he conocido en mi vida. En toda mi larga vida.
El salón de clases estaba lleno, nadie que supiera a lo que se enfrentaba querría llegar tarde a la clase de Mercedes Mañón. Caminé entre dos filas laterales e ignoré los intentos de saludos de las chicas que allí habían sentadas. Caminé a mi usual asiento de todos los años y para mi sorpresa no se encontraba a mi lado mi compañero usual. Era esa chica, Zoe. Miré a Jeff quien hablaba con la nueva y enarqué una ceja.
-¿Cambiando rutinas?
Jeff me contestó y rodé los ojos. Ese tipo amaba a las latinas. Rodé los ojos y le respondí insinuante. Él afirmó la sospecha, y sin embargo habló a mi mente.
“Es ella.”
Fruncí el ceño internamente y respondí de la misma forma.
“¿Ella? ¿Estás seguro?”
“Muy seguro.”
“¿Cómo lo sabes?”
“La vibra, ¿No la sientes?”
Asentí de forma inadmisible, sí que lo sentía. De ella manaba cierto flujo de energía distinta, causaba cierto cosquilleo en la piel y comodidad, como cuando has estado un día completo haciendo ejercicio y de repente te lanzas a una mullida cama.
La voz de Jeff me sacó de mis análisis.
“¿Quién la utilizará?”
“Quien logre convencerla primero.”
“Eso es sencillo.”
“Ya veremos.”
Miré a Zoe y la saludé, ella me dedicó un segundo de atención en responderme y luego atendió a la pizarra. ¿Qué? ¿Solo eso?
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