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Estar en un espacio confinado a solas con su madre realmente le traía recuerdos de sus dieciséis años. Cuando lo único que Kathryn hacía era llevar a su hija de un lugar a otro, desde su hogar hasta el instituto, del instituto al estudio de ballet y el ocasional castigo los sábados en la mañana. Todas esas veces, sin ninguna excepción, habían estado llenas de silencio.
El mismo silencio que Zara tanto odiaba porque siempre lo asociaba con su madre, pero el cual de todas maneras se vio forzada a aceptar después de tantos años. Ambas mujeres podían ser testigos de la declaración que imponía que esa clase de silencio nunca sería experimentada por otras personas porque solo ellas eran capaces de meter casi veinte años de rencor, miradas de reojo, palabras susurradas en elegantes galas y cumpleaños, amenazas, luchas de poder y el absoluto odio que tenían hacia la otra en un ambiente tan silencioso y vacío de cualquier comportamiento humano que debería ser considerado normal entre una madre y una hija.
Zara se movió, incómoda en su asiento. Nunca le había gustado el auto de su madre, estaba completamente drenado de cualquier cosa que podría indicar que realmente le pertenecía a una persona en vez de ser parte de un catálogo de lavado de autos.
Cerró los ojos, intentando tanto en no pensar lo que la familia de Teddy pensaría ahora porque no quería averiguarlo. Podría haber sido peor, pensó Zara con un extraño sentimiento de relajación en su pecho, porque Kathryn o se había despertado esa mañana sintiéndose un poco más generosa de lo que era en realidad o realmente pensaba que todas las personas presentes durante su aparición sabían lo que era su hija. No había dicho nada sobre su verdadera naturaleza y si había sido intencional o no, Zara estaba extremadamente agradecida de todas maneras.
La chica abrió los ojos repentinamente, enderezándose tan rápido que su madre casi choca con el auto frente a ellas. Kathryn dijo algo pero Zara no podía escuchar nada aparte de su propio corazón latiendo tan rápido que casi sentía como la ansiedad subía por cada parte de su cuerpo hacia su cabeza, lista para tormentarla. Excepto que el familiar sentimiento no era ansiedad, desearía que lo fuera, porque eso sería mucho más fácil de manejar.
-Dijiste que Elliot estaría bien, ¿cierto?- preguntó Zara, mirando a su madre con una desesperación que la mujer nunca había visto en su vida.
Kathryn la miró con confusión, perfectamente consciente de que no había respondido su pregunta pero de alguna manera demasiado concentrada en el tono de voz de Zara, se preguntaba si ella reaccionaria así si algo le pasara a ella o a su marido.
-¿Cierto?- dijo nuevamente, esta vez alzando el volumen de su voz y poniendo una mano firme en el volante del auto, como si estuviera dispuesta a girarlo violentamente y mandarlas a ambas hacia el semáforo que se acercaba cada vez mas si es que su madre no respondía.
Kathryn removió la mano de su hija con sus largas uñas y una expresión molesta- Te he dicho que si, no tiene nada mas que algunos huesos rotos, tal vez se golpeó en la cabeza, ¿cómo lo sabría yo? Apenas me quedé en ese hospital unos minutos.
-¿Entonces porque siento que voy a gritar en cualquier momento?
La cabeza de la mujer no se movió en la dirección de Zara, pero sus ojos se abrieron mucho y piso el acelerador hasta el suelo, su mirada frenéticamente buscando un lugar lo suficientemente vacío.
-Mierda, Zara, hubo un hombre con heridas fatales en el accidente de Elliot.
La chica suspiró, odiaba esta parte con una pasión. Dejó su cabeza caer sobre sus manos, sintiendo la insistencia de la situación y el incesante zumbido que resonaba en su cabeza como millones de ecos al mismo tiempo, lentamente llamándola a hacer lo que había nacido para hacer.
Kathryn frenó el auto y no le dio otra mirada a su hija- Zara, sal de aquí.
La banshee no tuvo ninguna objeción, solo corrió. No culpaba a su madre, si la situación fuera en reversa, ella habría hecho exactamente lo mismo. La habría abandonado en la mitad de la nada, tal como Kathryn lo hizo. Por mas que odiara a esa mujer, tenía que aceptar que a pesar de no haber nacido como una Callaghan, era tan inteligente como una. La había dejado en un lugar desierto.
Odiaba el grito, realmente lo hacía. No solo dejaba sus oídos doliendo por horas pero traía ese sentimiento. Nunca supo como describirlo, sabía que su abuela lo entendía porque ella lo había vivido pero suponía que podría decir que era como sentir todo, absolutamente todo lo que la persona muerta experimentó en todos sus años, cada memoria que traía sentimientos especialmente fuertes, como la felicidad, la tristeza, el dolor. Todo eso en aproximadamente diez segundos. Era agotador en todos los sentidos.
No pudo evitar pensar en la vez que grito en la presencia de Teddy. La chica le suplicó tanto como pudo en esa condición que se alejara lo mas rápido que pudiera. Que si se quedaba las secuelas durarían por semanas. Recordaba que Teddy le había preguntado si podría llegar a ser fatal y Zara le dijo que podría pero no el de ella. Ella era demasiado joven. Después de escuchar eso, Teddy decidió que se quedaría y no había nadie que pudiera moverlo de ese lugar. Zara había logrado sonreír un poco a travez del dolor y el torbellino de emociones en su cabeza.
Pero Teddy no estaba aquí ahora y la chica soltó un sollozo, lamentándose a si misma.
Logró apoyar su peso en una pared de concreto con un brazo mientras su mano libre agarraba puñados de su cabello, intentando aliviar un poco la guerra en su cabeza. Nunca funcionaba. Lo único que lo acabaría seria gritar. Y terminaría haciéndolo, de manera voluntaria o no. No tenía otra opción.
Sintió el frío sudor bajando por su espalda y su respiración se aceleró, Zara rió agriamente a la situación con un poco de resistencia de su cuerpo. Pero de un momento a otro supo que estaba muerto, estaba muerto porque ya no podía sentir nada. Y después de la fracción de segundo en la cual todo en su mundo estaba completamente silencioso, la banshee finalmente gritó.