Los niños no eligen gobernantes. No son, tampoco, gobernantes. No organizan Estados. No declaran guerras. No destierran a sus semejantes. No imponen políticas económicas ni acumulan capital. No contratan sirvientes. No hacen revoluciones. No difunden utopías.
Los niños no son agentes activos, ni determinantes ni eficientes en la historia de los adultos. Menos aún los niños indigentes. Si queremos mirarlos con la mirada histórica calibrada y entrenada en los sucesos de los adultos, no los veremos. Estarán al margen de ella. Carecen de historicidad en este particular sentido.
¿Es que, entonces, no tienen Historia?
Los documentos que han servido de basea a este trabajo no fueron reunidos para este fin, sino para otros objetivos, atingentes a la historia adulta. Pero todos ellos traían, en sus bordes, en su dorso, en la atmósfera que creaban, una aureola histórica silenciosa, inexplorada, pero expresiva. Una especie de profundidad histórica que se expandía mucho más allá de los encadenamientos -típicos- de los hechos adultos. Se fue haciendo evidente que, desde esa aureola silenciosa, hablaban los niños pobres, atravesando con débiles voces todos los hechos y procesos históricos estudiados, como desde otra dimensión de la historicidad.
¿Cuál era esa dimensión?
Aun terminado este trabajo, no es posible definirla. Acaso es el padecimiento de la historicidad. La dimensión patética de la sucesión de hechos adultos. La proyección de los acontecimientos hacia el interior de la sensibilidad humana en su estado más puro y germinal. Las resonancias infinitas que el complejo y tenso acontecer social despierta en las mil cuerdas de una conciencia intacta. Como si la historicidad infantil no se resolviese en el estallido encadenado de los acontecimientos, sino en la profundidad casi intemporal de la sensibilidad.
Si eso era, ¿cómo llegar hasta allí? ¿Qué niño deja testimonios escritos o materiales de esa profundidad? Podría resolverse el problema -como de hecho se hizo aquí- organizando los hechos adultos en torno al niño indigente, para reproducir pálidamente el amasijo factual que se proyectó, durante el siglo xix chileno, al interior de su sensibilidad. Definiendo y acomodando nuestra historia adulta para medir sus repercusiones hacia la infancia desvalida.
Sin embargo, la sensibilidad infantil, ¿es pura sensibilidad pasiva? ¿Pura resonancia multiplicada por la germinalidad de su mente? Pareciera que no. En esas profundidades, ocurren -ocurrieron- cosas. Cambios. Reacciones. Transformaciones. El historiador, en este punto, no tiene más camino que estar atento a lo que aflora -afloró- de esos cambios profundos al exterior. A la historia pública y pedestre de los adultos. Y podría construir, entonces, una historia de las conductas infantiles: sus juegos, sus costumbres, sus reacciones, y su evolución a través del tiempo. Ante eso, podría examinar el problema objetivamente, incluso utilizando un lenguaje neutral -como el utilizado por los analistas de las políticas sociales y de beneficencia de la República-, a efectos de perfilar esos (minúsculos) hechos, sus tendencias estructurales y los cambios experimentados. Hechos y tendencias debidamente medidos y clasificados. Y también archivados.
Con todo, ¿es ése el punto? ¿Hemos cogido con eso lo específico de la historicidad infantil, y en especial la de los niños indigentes -"los huachos"- del siglo xix en Chile?
En el caso de esos niños, pareciera que su sensibilidad trabajó en el sentido de construir identidad. De desenvolver la humanidad pura que contenían, por encima y más allá de los materiales históricos externos que impactaban en ella. Trabajando ese germen de humanidad -o de dignidad- con y a pesar de esos materiales. Es por este trabajo tenso que su historicidad pareciera no haberse estructurado nunca lejos del proceso histórico adulto. Es que esos niños, aun siendo meros "huachos", reflejaron la historia adulta del país, pero no de un modo puramente pasivo, sino en 'sujeto'. Hay en todo eso un elemento básico, fundante, de rebeldía. Acaso es aquí, en este nivel de profundidad histórica, donde es preciso buscar y hallar el origen esencial de la rebeldía y contumacia que son características del movimiento popular chileno.
Para intentar hacer historia de este nivel y de esos origenes es casi innecesario ser cientifico. Historiador con mayúscula. Más bien, se requiere posesionarse plenamente, integralmente, de la piel humana. Hacer historia de niños es, sobre todo, una cuestión de piel, más que de métodos y teorías. Se trata de 'sentir' y 'sentirlos'. Es una cuestión entre los niños y yo.La Reina, junio de 1989
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