6 - La carnicería.

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El bote tripulado por los salvavidas me llevó a mí junto a otros supervivientes hasta las orillas de las sierras, el transcurso se me hizo verdaderamente pesado; estaba inmóvil, con la cabeza gacha mirando hacia las aguas mientras la sangre se empezaba a disipar poco a poco.

Atentos mis ojos se movían de un lado al otro para poder visualizar a alguna víctima o a mi mismo amigo. Pero lo único que llegue a distinguir fue la cabeza de la chica que había sido degollada cuando aún estábamos en el micro. Mi conmoción fue enorme. Ésta tenía los ojos abiertos de una manera verdaderamente horripilante: vidriosos e hinchados, su mirada penetraba en la mismísima nada mientras su hermoso cabello de color rojizo se dispersaba largamente a merced de la tranquila corriente. Tal fuerte fue mi shock que aunque quisiera sacar mi mirada de sus ojos, éstos no me lo permitían. Era como si aquellos ojos muertos me hubieran hipnotizado por completo y, cuando menos me lo esperaba, sus malditos párpados se cerraron y se volvieron a abrir, clavándome una mirada fría mientras que en sus labios morados y casi putrefactos se le dibujaba una sonrisa inquietante y perturbadora. Me sobresalté y me tiré hacia atrás con un fuerte impulso esporádico. Mi ritmo cardiaco había subido considerablemente en menos de 1 segundo y siguió aumentando hasta el grado de que sentía que el corazón me iba a explotar. Se me acercó uno de los salvavidas y me preguntó como estaba, yo me limité a mirarlo con los ojos desorbitados y a duras penas pude responder tontas y fingidas palabras.

En la orilla del río nos esperaban un par de ambulancias que atendían a los heridos, éste parecía un campamento de guerra, en el cual los soldados llevaban a las víctimas de ataques enemigos: personas al cual les faltaba un pie o una mano, mutiladas horriblemente. A algunos ni se les llegaba a distinguir la cara, los gritos espasmódicos de pánico y dolor invadían la atmósfera, gente llorando a sus familiares muertos mientras que los auxiliares hacían lo posible para reconfortarlos.

¿Acaso era este un simple accidente de un autobús, o un campamento de heridos de guerra? Mientras yo pisaba tierra firme nadie vino a ver como estaba. Aunque, de cierta manera eso era justamente lo que quería.

Empecé a caminar cerca de la orilla del río mientras el agua me acariciaba los pies, intentando callar aquellos gritos de mi mente, o aquellas imágenes perturbadoras... pero, sobre todo quería olvidarme de aquella maldita cabeza decapitada. ¿Era cierto lo que había visto? ¿O  sería un tonto delirio de una persona aturdida por tal inesperable suceso? ¡Pero por favor! ¡Si yo vi como sus párpados marchitados se cerraban para volverse a abrir, y esa mirada tan gélidamente siniestra penetraba sus pupilas en mí! ¡Haciéndome presa de un horror inexplicable, que me traspaso como viento frío del norte hasta mis huesos!

Me había alejado de la zona de la carnicería después de examinar el campamento sin encontrar noticia alguna de mi amigo. Mientras mis pensamientos divagaban, había tomado por una curva que rodeaba el pie de las sierras, no recordaba cuantos minutos llevaba caminando, pero había calculado entre unos 30 o 40 a juzgar por mi pelo y mis ropas que se iban secando.

En mi camino me topé con un anciano alto y ligeramente jorobado, con una boina que seguramente escondía una cabeza calva. Llevaba puesto una camisa blanca algo gastada que le hacía combinación con unas botas y pantalones negros. Estaba parado sobre un leve montículo de tierra, intenté volver sobre mis pasos en un intento de no llamar su atención, pero el hombre se percato de mi presencia. Se giro sobre sí mismo y me dijo:

—¡Muchacho!— exclamó— ,veo que estás perdido. Por ese aspecto seguramente salís del campamento donde están curando a los heridos de esta nueva tragedia. Si querés te puedo devolver allá, tengo mi camioneta un poco más arriba en la sierra, no es bueno que camines solo por estos lugares.

Con aire desganado le respondí:

—Agradezco su propuesta, pero no me perdí. Simplemente me fui porque no soportaba estar en aquella masacre y dudo que hagan un recuento de los pasajeros que iban a bordo. Además, perdí a mi amigo que iba conmigo, estaba caminando con la esperanza de reencontrarlo.

—¡Ja! Tengo a un joven en mi hogar de unos 18 años que está descansando en el sofá, no deja de hablar y preguntar sobre su amigo perdido. Quizo abandonar mi casa pero con mi mujer no lo dejamos, ya que está muy débil y ha perdido mucha sangre a causa de un corte que no es muy grande pero tampoco pequeño. Es un chico de unos grandes ojos saltones, con el pelo rapado a ambos costados. Capaz es él al que buscas.

Casi lloro de la emoción, mi amigo se encontraba a salvo.

—¡Sí, es él! Por favor, le ruego que me lleve con él, estoy totalmente desesp...

No me dejó terminar, y haciéndome una leve seña con la mano me dijo:

—No tenés nada que rogar, querido amigo. Sólo subí si es que tenés fuerzas, te llevaré en mi camioneta a reunirte con tu amigo.

Un Fin DesoladorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora