9 - Epílogo

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A esta altura mi temblor de manos se convirtieron en movimientos convulsivos, y mi alma no está dispuesta a revivir aquellos momentos cuando nos decidimos ir al cementerio.

Sólo diré muy brevemente que al lado de cada lapida mohosa y antaña había una piedra circularmente perfecta y brillante. Que criaturas con túnicas negras se apoderaron de nosotros haciendo uso de unas extremidades que estaban lejos de ser manos, ya que eran como garras de águila que sólo se cerraban y abrían compulsivamente; no podían articular movimiento alguno con ellas, sólo hacerse de presas.

Nos llevaron a una cámara oscura sólo iluminada por antorchas que emitían una leve luz. Nos dijeron; emitiendo una vos gutural que ellos eran nosotros, que nadie se puede salvar y que la resistencia es inútil, ya que el camino se sigue extendiendo por todo el mundo. Y que sólo dejaron ir a mis amigos para que sean profetas de un mundo que ya tiene destinado su final.

Pero dudo que con lo vivido sean capaces de sobrevivir. Sé que el banquete de almas gritando ofrecidas por ellos van a avivar aún más las llamas sobre la tierra y el infierno... ya... ya es imposible seguir, la metamorfosis sigue su curso y mis manos se van encogiendo más y más. Mi alma mortal está maldecida con el objetivo de estabilizarse en un equilibrio entre la vida y la muerte.

Ya no hay tiempo, voy a ser uno de ellos, pero escribo esta carta con la esperanza de escaparme, simplemente para arrojarla lejos, al río, donde sé que se va a reunir con mi Necronomicón: que de ciertas paginas malditas emanan en códigos ciertos rayos de luz para poder volver a dormir a las bestias, y así salvar al mundo del que alguna vez fui parte.

Fin

Un Fin DesoladorDonde viven las historias. Descúbrelo ahora