VIII

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El regreso fue más accidentado que la ida. Más descorazonador y triste, también.

La chica se materializó en la Sala de la Inmortalidad a la hora programada. Su reconstrucción molecular la hizo tambalearse en la base donde había aparecido y notó cómo su cuerpo se volvía a unir después de una dolorosa deconstrucción en el punto de recogida en la Tierra de 1937.

La agonía apenas duró unos segundos y hasta la agradeció. La distraía de la losa que había caído sobre su pecho desde que le dijo a Robert lo que había ido a decirle. Desde que él la besó por última vez y salió a llorar al amor de su vida... un amor que no era ella.

Se había quedado un momento paralizada tras la marcha de Robert de la choza, atando a su corazón el sabor de aquel último beso, empapándose con el olor que había dejado en las sábanas sobre las que habían dormido... haciéndose a la idea de que eso era todo. El propósito estaba cumplido.

La comandante le dio la bienvenida a la Queensey y la obligó a ir inmediatamente a La Fuente del Conocimiento Ancestral a reportar sus experiencias en el planeta de sus antepasados. Ella simplemente se ajustó la chaqueta, inclinó la cabeza y salió a toda prisa de la sala. No deseaba que la comandante la interrogara con esos ojos gris claro, ojos de acero que podían escrutar su interior y sacarle los secretos que guardaba dentro de ella si sólo sospechara que guardaba alguno.

Se sentía desorientada. No sabía qué hacer con los conocimientos obtenidos de su unión física y emocional con Robert. Debía ocultar que había tenido contacto con él, pero no tenía por qué ocultar que había visto al fotógrafo y al equipo de rodaje con el que se encontraba recorriendo el noroeste de China. Negar que había visto humanos y hablar de ellos sería contraproducente, haría tambalear su historia.

Así pues, fue caminando por los pasillos en dirección a La Fuente, el sitio donde había pasado toda su vida desde que saliera de la vaina y que ahora era como una patria que deja de reconocerse después de habitar otro hogar durante mucho tiempo. "Apenas han pasado unas horas y ya no siento este sitio como mío", se dijo al traspasar las puertas de la estancia.

¿Qué debía hacer ahora con todas sus sensaciones? ¿Dormirlas? ¿Matarlas? ¿Potenciarlas y hacer que los demás las despertaran también? ¿Hacer campaña a favor de los sentimientos y en contra de las Leyes Biológicas? Se sentía perdida, como suponía perdido a Robert después de contarle la muerte de Gerda y contemplar la orfandad en sus ojos de gitano húngaro.

Antes de pasar por la Registradora de Datos Históricos para dar cuenta de su viaje, la chica se acercó a su puesto de trabajo, cerca del compartimento referente al segundo tercio del convulso siglo XX, su especialidad. Abrió una página de uno de los libros de Robert y vio, como siempre, a través de la cámara del hombre que tanto amaba. Esa foto que tenía delante, una mujer de ojos tristes encorvada sobre unos desechos en plena calle, había sido tomada después de conocerla a ella, después de la muerte que le había anunciado... tenía la emoción de todas las fotos de Robert. Una emoción que a él se le había evaporado del pecho cuando Gerda murió, pero que, de algún modo, iba repartiendo por sus fotos, tan llenas de sensaciones y de humanidad.

Y de pronto, al pasar distraídamente las páginas, vio una foto que antes no estaba allí. Era una muchacha pálida y delicada, con un largo cabello blanco, a la sombra de un árbol en algún bosquecillo. Era la imagen de una mujer joven que miraba embelesada al fotógrafo que la había retratado casi de forma mecánica, mientras se recuperaba del impacto de su primera visión.

Era ella. Robert le había hecho una foto en algún momento cercano a su encuentro junto al río.

Entonces supo lo que debía hacer y todo resultó más sencillo. Comprendió que, cumplido su propósito, ya no quedaba nada por hacer allí; que ella, a diferencia de Robert, no se veía capacitada para vivir una larga vida vacía, sin la persona más importante del mundo a su lado. No estaba hecha para añorar ni para llorar en una nave donde los sentimientos estaba proscritos. No quería fingir toda una vida.

Se levantó de su sitio con determinación y tomó el libro donde aparecía su foto. Y mientras se dirigía a la Sala del Consejo Global y pensaba en cómo haría su declaración a propósito de su interrelación con humanos, en cómo aceptaría la condena y recibiría el castigo de exterminio que le aplicarían como consecuencia de su confesión de Crimen Mayor, sólo era capaz de pensar en que Robert había conservado su foto, quizá como recordatorio de su noche más triste o para convencerse de que ella había sido tan real como le aseguraba el negativo que salió de su cámara. Y fue fugazmente consciente de la magnitud de su propósito... y sonrió sabiendo que ahora tenía otro: morir en lugar de vivir a medias, tal y como él se había empeñado en hacer.

El propósito (COMPLETA)Donde viven las historias. Descúbrelo ahora