En el gimnasio

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El martes me levanté pronto para acudir al gimnasio. Es curioso el hecho de que me resultase más sencillo madrugar para ir al gimnasio que para acudir a clase. Supongo que gran parte de culpa la tenía el hecho que acudir al gimnasio se convirtió en una adicción, muy posiblemente mi única adicción. Del mismo modo que hay gente que se engancha al tabaco o a los porros en su adolescencia, yo me enganché al levantamiento de pesas y al pedalear encima de una bicicleta que no te lleva a ningún sitio. Supongo que gran parte de culpa la tenía los muchos complejos que me crearon en mi infancia los cabrones de mis compañeros y sus continuas burlas sobre mi tamaño y sobrepeso, que me valieron motes tan cariñosos como "Gorila".

Esto, junto al hecho de descubrir el baloncesto, con el que perdí alrededor de veinte quilos en cinco meses, hicieron que me convenciese en lo más profundo de mi ser que nunca jamás volvería a ser una bola de cebo. Con dieciséis años me apunté a mi primer gimnasio y, desde entonces, he procurado mantener un ritmo constante de entrenamientos. No hay satisfacción más grande que ver como han crecido esos pequeños hijos de puta y, en el mejor de los casos, la mayoría de ellos no han pasado de ser una mediocridad absoluta en todos los aspectos de su vida, mientras que el niño grande, listo y gordito del que se burlaban, no sólo sigue siendo más listo, sino que además es más alto, más fuerte y atractivo. Muchos de mis complejos siguen ahí, pero al menos puedo permitirme el lujo de mirarles con desprecio. No puedo hacer nada al respecto, soy un cabrón rencoroso.

Nada más poner los pies en el suelo me dirigí a la cocina y me tomé el preparado compuesto de creatina y óxido nítrico, un volumizador que además me ofrecía un plus de fuerza a la hora de realizar los levantamientos, aunque quizá sólo se tratase de un efecto placebo. Después, sin almorzar, me di una ducha rápida, me vestí con un conjunto de pantalón corto y camiseta sin mangas que usaba cuando entrenaba a baloncesto, me coloqué el pulsómetro y me fui a correr.

Ese día tocaban cinco quilómetros. Los cuatro primeros al trote y el último dándolo todo.

Una vez fuera, tras comprobar que las zapatillas estaban bien atadas y que el pulsómetro funcionaba correctamente, empecé a trotar. Comencé la primera vuelta al circuito compuesto por cuatro manzanas y que suponía un recorrido de, aproximadamente, un quilómetro.

Las primeras cuatro vueltas fueron un pequeño suplicio que me recordaron porque odio el footing. Aburrimiento de la mano de constancia y un ligero esfuerzo, sin duda alguna, me recordaba mis estudios. Procuré abandonarme a la música que sonaba a todo volumen en mi MP3, mientras, por el rabillo del ojo, observaba como mi ritmo cardiaco no superaba en ningún momento las ciento cuarenta pulsaciones e intentaba no bajar de las ciento treinta. Fueron poco más de veintiún minutos de lucha contra el tedio hasta que pude abordar el último quilómetro.

Esos últimos mil metros compensaban con creces los anteriores cuatro mil. Pese a que unos se extendían a lo largo de más de veinte interminables minutos y los otros durasen poco más de tres minutos y medio, con un poco de suerte incluso algo menos. Es más, diría que incluso compensaban el hecho de haber tenido que levantarme tan temprano. Es difícil describir el porqué de tanto júbilo, pero voy a intentar explicarlo.

Los primeros cuatro quilómetros son un trámite necesario, una puesta a punto precisa de todo el organismo. En ella, el corazón se acostumbra a un esfuerzo leve, pero continúo. Los músculos de las piernas se congestionan para optimizar el aporte de nutrientes. El cuerpo aumenta su temperatura y se activa la regulación térmica, empiezas a sudar. Durante ese periodo también adaptas el ritmo de la respiración a las exigencias del aparato cardio-vascular. En otras palabras, preparas el cuerpo para que pueda ofrecer el cien por cien. También tu cerebro se prepara para acometer ese esfuerzo.

Entonces superas la barrera de los cuatro mil metros y te abandonas por completo en busca de tu mejor marca. Compites contra ti mismo, además estás motivado, sabes que vas a darlo todo. Automática-mente tus piernas alargan la zancada, aumentan la frecuencia y afianzan la pisada. Tu corazón se dispara hasta las ciento ochenta pulsaciones por minuto en un abrir y cerrar de ojos, pero tú ya no prestas atención al pulsómetro, sólo te importa el cronómetro. Realizas alrededor de setecientos cincuenta metros manteniendo ese medio esprint, entonces compruebas por última vez el cronómetro. Si es un buen día te verás con opciones de mejorar tu marca, una mierda de marca, pero eso no importa, es tu marca, y entonces te entregas definitivamente en un último esfuerzo casi kamikaze.

Al ritmo de un monótono Tic-TacDonde viven las historias. Descúbrelo ahora