Vacaciones en casa de mi tía

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La tercera semana de julio fuimos, como cada año por esas fechas, a pasar cuatro días en casa de mi tía. Habían pasado ya tres semanas desde que comuniqué las notas a mi madre y parecía que todo había vuelto a la normalidad, ya me había matriculado para el siguiente curso y hablábamos poco del tema. A pesar de todo, de vez en cuando me invadía un intenso sentimiento de culpa. Por suerte, una sensación tan intensa como pasajera.

Mi tía, la hermana de mi madre, ejercía como médico en un pueblo cercano a Barcelona. Hacía años que vivía allí, pues era donde había conseguido plaza fija después de superar las oposiciones. Tiene cincuenta y tres años y por lo tanto se puede decir que perteneció a la generación hippie española. La generación que influenciada por los últimos coletazos del movimiento que tuvo su momento de máximo apogeo en los años sesenta, llegó a España ya muerto a inicios de los setenta. Una generación que en su juventud soñaba con cambiar el mundo y que, treinta años más tarde, había sido tragada completamente por el sistema contra el que habían pretendido luchar, para terminar siendo poco más que un pequeño engranaje en el complejo mecanismo que aborrecían y despreciaban. Mi tía no fue una excepción a la regla.

De modo que, tras viajar por media Europa con escasos recursos, a la aventura, de experimentar con diferentes drogas y de predicar la libertad y la igualdad durante su periodo universitario; una vez terminada la carrera de medicina, la especialización, haber superado el MIR y haber obtenido una plaza fija, segura, que le aportaría solvencia económica, terminó casándose con su novio de todo la vida que había conocido antes de llegar a la veintena una vez superados los cuarenta.

Ya casada, con una economía familiar sólida y una vez sus ahorros fueron suficientemente sustanciosos como para poder firmar una hipoteca sin pasar agobios, decidieron dejar el piso donde vivían y adquirir una casa. Sólo faltaban los retoños, como se habían casado a una edad ya avanzada decidieron adoptar. Sus deseos de juventud, en cierto modo, lo único que habían conseguido era dilatar el proceso convencional, nada más.

De todos modos, dudo que eso les importara demasiado a esas alturas. La vida de mi tía era plácida y cómoda. Disponía de una casa grande, trabajo en la misma localidad donde residía, mucho tiempo libre y una jubilación garantizada. Lo mismo sucedía con su marido, maestro de instituto. Aunque pensándolo mejor, todo eso era antes de que tuviese la brillante idea de adoptar, porque, sin duda alguna, esa había sido la peor decisión de su vida.

De hecho, su caso me ha hecho plantear muchas veces por qué la gente se empeña en complicarse la vida cuando aparentemente lo tiene todo.

Para empezar, tuvieron que ir a adoptar al extranjero, en España estaban en la cola de cualquier lista de espera debido a su edad, a pesar de cumplir con holgura el resto de requisitos que les hubiese convertido en unos candidatos óptimos, de modo que fueron a Rumania. El proceso fue largo, pero, después de tres largos años, consiguieron el ansiado hijo. Un gitanito de dos años que, con el paso del tiempo, fue empezando a exhibir ciertas tendencias homosexuales. Un chiquillo al que yo cariñosamente califico como enano, maricón, sociópata y manipulador. Una joya, sin duda alguna.

Desde la llegada de ese monstruito la vida de mi tía cambió radicalmente, mi tía cambió radicalmente. De la noche a la mañana se convirtió en una madre sobreprotectora. Con el tiempo, al ver la pluma que iba esparciendo el crío a cada paso que daba, empezó a desarrollar una actitud ligeramente homófoba. Todo el tiempo libre del que antes disponía se vio empleado y desperdiciado en el criajo del demonio. Lo peor de todo es que no parecía darse cuenta de todo eso.

No se daba cuenta de que tenía un niño que en muchos aspectos parecía un adulto. Un cabroncete que leía como pocos la relación entre ella y su padre y que pronto empezó a sacar provecho de ello. Los había cogido viejos, entregados, y pronto se dio cuenta de que, si se lo proponía con suficiente empeño, podía conseguir de ellos cualquier cosa.

Al ritmo de un monótono Tic-TacDonde viven las historias. Descúbrelo ahora