El horario de tarde tenía sus ventajas. Por ejemplo, el poder dormir y holgazanear por las mañanas y llegar fresco y puntual a clase por las tardes. Pero, sin duda alguna, el no tener excusa para no acudir a clase los viernes tras una noche de fiesta no era una de ellas. Si ya era molesto tener que acudir a clase aún con los últimos efectos de la resaca coleando, más lo era si las únicas dos horas de clase que tenías ese día las impartía Ramoncín.
Ramoncín era nuestro profesor de tecnología aeroespacial, obviamente ese no era su nombre real, pero no menos obvio era el motivo de ese apodo, ya que su parecido con ese cantante de tercera era más que evidente. Un parecido acentuado en gran medida gracias a ese extraño tupé, totalmente desfasado, que lucía. De todos modos, ese apodo más que un insulto debería haberle resultado un halago, ya que el muy desgraciado, además de guardar cierto parecido con el energúmeno ese, era un mediometro esmirriado que caminaba ligeramente encorvado y vestía siempre camisa y pantalón, con la camisa siempre por dentro, lo que terminaba de dejar claro lo poquita cosa que era, recordando sobremanera un Pin y Pon. Sus ojos saltones hacían que su mirada transmitiese una fuerte sensación de inseguridad, ya que miraba constantemente arriba y abajo y a ningún sitio, procurando no cruzar nunca la mirada con su interlocutor. Una sensación de inseguridad que se veía acentuada por su voz temblorosa y su hablar parsimonioso y dubitativo. Por si todo esto no fuese suficiente, ponía constantemente sus conocimientos en entredicho, teniendo que ser corregido cada pocos minutos por alguno de sus alumnos. La verdad es que era un tipo que me hubiese dado incluso un poco de pena si no fuese por el hecho de que era un soberano hijo de la gran puta.
Y lo digo en serio, no es un insulto gratuito, ese tipo era la muestra fehaciente de que los insultos pueden llegar a ser adjetivos de lo más precisos y descriptivos cuando se toman en su sentido figurado. Y es que tras su apariencia pusilánime se escondía un verdadero cabrón. Un tipo que por tercera vez consecutiva había suspendido al ochenta por ciento de la clase, que planteaba exámenes que ni el mismo era capaz de resolver, hecho varias veces demostrado al colgar soluciones incorrectas a los problemas propuestos en sus controles, y que además tenía especial afinidad por tipos de su misma calaña, ya que en las dos últimas convocatorias había optado por delegar parte del temario a jóvenes discípulos que parecían llevar la lección bien aprendida. Ya que, a pesar de ser algo más aptos, eran tan o más cabrones que el maestro a la hora de plantear su parte de los controles, habiendo llegado incluso a colgar temario pocos días antes del examen con las clases finalizadas o incluso explicar temario nuevo en el mismo examen en una hoja anexa, y no precisamente temario sencillo.
La verdad es que, en el fondo, estos personajes siempre me habían resultado curiosos. Los veía como unos amargados faltos de cariño, es decir, sexo, a los que habían dado tanto por el culo en su periodo universitario que su ojete, pasados los años, aún seguía pareciendo la bandera de Japón, y que con el tiempo vieron que mejor era empezar a comer pollas antes que se las metiesen por detrás a la fuerza, de modo que de tanto tragar semen se les agrió el carácter y, poco a poco, pasaron de ser unos marginados inofensivos a ser unos marginados hijos de puta cuya única ambición parecía que era joder la vida a sus alumnos, a ver si, tarde o temprano, alguno se prestaba a mamársela para así poder completar el ciclo.
A las tres en punto estaba en clase, como era de esperar Ramoncín no había llegado y el paraje era tan desolador como de costumbre. Un auténtico festival de nabos que hacía que me deprimiese y a la vez maldijese mis huesos por haber escogido esa carrera. Y es que si una cosa tengo clara es que hay un dato de interés que se omite en todas las guías de estudios para preuniversitarios, y ese dato no es otro que el ratio de chicas por cada chico o viceversa. Sé que parece una frivolidad, pero ya sabéis lo que dicen, ante la duda la más tetuda, y cuantas más tías te encuentres en clase, más posibilidades de pescar una con un buen par de castañas... adornadas además con un buen culo y una carita angelical. Y si en el momento de escoger la carrera alguien duda entre irse al paraíso del periodismo o fustigarse en el infierno de la ingeniería aeronáutica, ese dato es, sin lugar a dudas, capital.
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Al ritmo de un monótono Tic-Tac
AcakLa vida mecánica de un joven estudiante universitario. La vida de alguien que no ha aprendido a vivir. La vida de alguien que sólo ve mediocridad en todo cuanto le rodea. Una vida escogida por él hecha a la medida de las expectativas creadas por otr...